A todos, ménos á D. Galo, habia hallado Clemencia frios con ella, pero quien ostentaba, digamos así, un frio glacial, era el Marques de Valdemar, lo que fué tanto mas estraño y triste para Clemencia, cuanto que le quedaba un grato recuerdo del interes marcado y de la delicada benevolencia que le habia mostrado al conocerla.

La pobre niña, viuda ya, empezó entónces á afligirse sobre su suerte, que la traia á una casa, á cuyo amparo habia perdido derecho, desde que amparada por un marido, habia salido de ella. Aunque su tia la habia recibido bien, ni un ofrecimiento, ni ménos una súplica le habia dirigido, que tuviese por objeto el que permaneciera en ella.

Uníase á esto la impresion que le habia dejado un coloquio que habia oido cuando estaba postrada en cama, el que tenia lugar en el cuarto inmediato entre Alegría y su madre, que en vano suplicaba á su hija que bajase la voz.

— Señora, decia Alegría, ¿va Vd. á cargar con ese censo irredimible? ¿No tiene suegros ricos? A ellos les toca hacerse cargo de la viuda de su hijo.

— Pero no me toca á mí indicarlo, ¿entiendes? — y habla mas quedo.

— Pues yo soy de parecer que os toca, repuso Alegría en su mismo tono, si es que se hacen los remolones.

— A lo ménos, en este momento no. ¿Querrás darme lecciones de lo que tengo que hacer? Es tu prima hermana, sobrina carnal de tu padre, y no está en el órden que yo haga gestion alguna para que salga de casa. Para mí es la pejiguera: á tí, ¿qué te estorba?

— Señora, todo ingerto hace daño á las ramas. Si viviese Vd. en Villa-María, y sus suegros en Sevilla, ya haria ella porque la llamasen; pero siendo lo contrario ya la puede Vd. contar entre sus bienes vinculados.

La pobre Clemencia llegó, pues, á sentirse tan sola y abandonada, que pensó suspirando que mejor le hubiera sido morir y reunirse así á su marido en otro mundo, en donde, bajo los ojos de Dios y libres de pasiones terrestres, habrian sido felices.

Una mañana que la pobre solitaria se entregaba tristemente á sus amargas y desconsoladoras reflexiones, sintiendo hondamente no poder volver á su convento, cerrado aquel refugio á las almas desvalidas, á las vocaciones religiosas, á los corazones quebrados, con los que la libertad no repara en ser la mas arbitraria déspota, le entregaron una carta: abrióla con sorpresa. Era este su contenido: