Habiendo sucedido a esta copla otra que verdeaba, la tía María se acercó a Stein y le dijo:

—Don Federico, el vino empieza a explicarse; son las doce de la noche, los chiquillos están solos en casa con Momo y fray Gabriel, y me temo que Manuel empine el codo más de lo regular; el tío Pedro se ha dormido en un rincón, y no creo que sería malo tocar la retirada. Los burros están aparejados. ¿Quiere usted que nos despidamos a la francesa?

Un momento después, las tres mujeres cabalgaban sobre sus burras hacia el convento. Los hombres las acompañaban a pie, entre tanto que Ramón, en un arrebato de celos y despecho, al ver partir a los novios, rasgueando la guitarra con unos bríos insólitos, berreaba más bien que cantaba la siguiente copla:

Tú me diste calabazas,
me las comí con tomates;
mas bien quiero calabazas
que no entrar en tu linaje.

—¡Qué hermosa noche!—decía Stein a su mujer, alzando los ojos al cielo—. ¡Mira ese cielo estrellado, mira esa luna en todo su lleno, como yo estoy en el lleno de mi dicha! ¡Como mi corazón, nada le falta ni nada echa de menos!

—¡Y yo que me estaba divirtiendo tanto!—respondió María impaciente—; no sé por qué dejamos tan temprano la fiesta.

—Tía María—decía Pedro Santaló a la buena anciana—, ahora sí que podemos morir en paz.

—Es cierto—respondió esta—; pero también podemos vivir contentos, y esto es mejor.

—¿Es posible que no sepas contenerte, cuando tomas el vaso en la mano?—decía Dolores a su marido—. Cuando sueltas las velas, no hay cable que te sujete.

—¡Caramba!—replicó Manuel—. Si me he venido, ¿qué más quieres? Si hablas una palabra más, viro de bordo, y me vuelvo a la fiesta.