Dado el primer paso, con tan grandioso éxito, éste no le ha abandonado nunca. Trabajos que Dueño Colón envía a concursos, son siempre premiados por lo cual su reputación de maestro está cimentada sólidamente.[17]

En el género sinfónico para gran orquesta es que ha obtenido la mayor parte de sus lauros.

Sensible es no poder tener las partituras para, examinándolas, emitir algún juicio, aunque el nuestro, nada nuevo podría añadir a los que en los respectivos laudos emitieran los jurados, por todos conceptos, más competentes que nosotros.

Fueron premiadas, además de La Amistad, la Sinfonía Dramática (primer premio) y la obertura Noche de Otoño (primer premio, discernido en Madrid.)

También obtuvo mención honorífica por un Ave María para cuatro voces y orquesta; diploma y medalla de plata en la Exposición de Búfalo (1901) y medalla de oro y diploma en la de Charleston, U. S. de 1902 por las dos series de Cantos Escolares, escritos expresamente para las escuelas públicas de Puerto Rico, con letra del ilustre literato, Don Manuel Fernández Juncos; y con diploma y Lira de Oro en el certámen del Ateneo de 1912, por una Canción Escolar, especial para graduación.

Aunque los cantos escolares no tienen, dentro de los géneros de la composición, el mérito artístico de las obras sinfónicas, en nuestra opinión, por la dificultad que envuelve el carácter sencillo de los mismos, si se logra, como con tanta habilidad y maestría lo ha logrado Dueño Colón, hacer una colección (doble en este caso) completamente ajustada al objeto, tal vez si el mérito pueda igualarse al de las obras del género severo, ya que en éstas el compositor tiene ancho campo en donde desarrollar la inspiración y los conocimientos, mientras que en los referidos cantos, la acción es muy limitada, y a la vez tiene que ajustarse la inspiración musical a los pensamientos de la letra.

Por eso es que no vacilamos en calificar los "Cantos Escolares" como la mejor obra de Dueño, la que hará recordar su personalidad artística, puesto que siempre resonarán en los salones escolares de las generaciones futuras, las dulces melodías, en que el alma nativa del compositor se expandió libremente para cantar las bellezas de la tierruca amada y los idilios de la niñez.

La colección la forman 85 cantos; 42 en la primera serie y 43 en la segunda. No todos son producciones originales, sino que, con el objeto de ir familiarizando a la niñez en la percepción de la buena música, adaptándolos a la métrica del verso, ha seleccionado trozos escogidos de las obras de Lyman, Marcela Reilly, Tschaikowsky, Wilson, Joly, Beethoven, Gounod, Kreuz, Rungenhagen, Ketterer, Carey y otros autores clásicos, así como fragmentos deliciosos de danzas de Campos y melodías de Tavárez, que intercalándolos con los propios, ha hecho que el conjunto semeje, delicado estuche de perfumería de diminutos pomos, en los que están concentradas las sútiles esencias de las flores simbólicas del arte.

En cuanto a la factura musical propia, Dueño Colón, añorando los ensueños de su niñez y juventud, libre el alma de dolos y la inspiración de trabas, supo exponer los pensamientos melódicos con sencillez, espontaneidad, veracidad, expresión adecuada, belleza de giros y facilidad de entonación, completados con una armonización, a la par que elegante y correcta, sin rebuscamientos de efectos, logrando producir, en intérpretes y auditorio, la emoción estética, exigida a toda obra verdadera de arte.

El único defecto que encontramos es que no siempre los acentos prosódicos de la letra corresponden con los rítmicos de la música, lo que atribuímos a un ligero descuido, ya que ni como músico ni como literato, es capaz Dueño de cometer, adrede, tal incorrección.