Desde muy niño emprendió el estudio de la música bajo la dirección de su padre Don Julián, músico español de medianos alcances, pero de una larga práctica profesional, el cual llegó a esta Isla en 1815, incorporado al regimiento de infantería de "Granada".

Digamos, de paso, que este fué el regimiento que se sublevó en 1835, cuando nuestro Don Felipe sólo contaba diez años; y puede calcularse cuan grande sería el pesar de la familia, por más que Don Julián—músico al fin—no era de carácter revolucionario, y no tomó parte, ni poca ni mucha, en la que, posteriormente se ha llamado: "revolución de San Rafael", por haberse dado el grito el día 24 de octubre.

Con tal aprovechamiento estudió la música nuestro biografiado, que a los diez y ocho años ya conocía los principales instrumentos, entre ellos el piano, y componía largo y tendido, en casi todos los géneros. Cuando apenas tenía veinte años, fué nombrado músico mayor del batallón de Iberia, del cual era músico de segunda clase su señor padre y maestro, por haberse disuelto el sedicioso regimiento de Granada.

Disuelto también más adelante el de Iberia, quedó reducido nuestro artista a lo que le pagaban por dar lecciones a domicilio y por tocar algún instrumento en las orquestas, hasta que más adelante (año 1858) obtuvo, por oposición, la plaza de maestro de Capilla de la Catedral de Puerto Rico.

De esa época es la popular misa en do mayor, que se ha cantado en todas las iglesias de la isla, el "Magnificat", el "Miserere" y la segunda Lamentación que se canta el miércoles santo. Quince años después escribió la "Tercera Lamentación" en sol menor, que es una obra maestra, tan llena de sentimiento, que no es posible oirla sin que se agolpen las lágrimas a los ojos.

No pasaremos adelante sin hacer constar que fué el maestro Gutiérrez quien, imitando primero a Don Domingo Delgado, compositor de aquella época, y adaptando más tarde un estilo propio más brillante y original que el de su predecesor, causó una revolución entre nuestro pequeño mundo artístico. Por lo pronto llegó a desterrar para siempre de las iglesias de San Juan, las extravagantes composiciones religiosas que se venían ejecutando, entre las cuales no era raro encontrarse con un "Aire de Fandango", o, como tuve ocasión de ver en el archivo de música de la Capilla de Catedral, un embutido, en la Gloria de una misa, de la antigua canción que empieza así:—"Ojalá que Alejandra—tan bella—comprendiera las penas de amor".—[18]

Durante la década comprendida entre 1860 y 1870, disfrutó el maestro de alguna holgura en sus medios de vivir, gracias a una sociedad musical que formó con Don Sandalio Callejo, distinguido profesor, que supo obtener gloria,—bien merecida por cierto,—y provecho de un arte improductivo hasta aquella fecha.

Al cesar la soberanía de España, cesó también en su destino de Maestro de Capilla, pasando a desempeñar, después de algunos días de hambre, la plaza de Conserje del Instituto de Segunda Enseñanza, con cuarenta pesos mensuales.[19]

Suprimido poco después el Instituto, fué pencionado por el municipio de San Juan con ¡Veinte Pesos Mensuales!

La verdad es que se presta a muy amargos comentarios el hecho de que el Gobierno español, como se verá más adelante, concediera a nuestro artista una subvención de mil pesos para que se trasladara a Europa por dos o tres meses, así como que el Gobierno americano haya pensionado posteriormente, con bastante largueza, a varios artistas y literatos, y que el gobierno autonómico, el único genuinamente portorriqueño que hemos tenido, dejara morir, casi de inanición al más inspirado de los artistas portorriqueños.