Continuemos. Después de tan doloroso viacrucis, y cansado de tanta lucha, dejó de existir el incomparable maestro.


Era tal su facilidad para componer y tan fecunda su inspiración, que no era raro verle escribir, en horas y de un tirón, obras que a cualquier otro hubieran ocupado algunos días.

Entre otros, citaré los siguientes casos.

Ausentábase para la Isla de Cuba un alto empleado español que había sido buen amigo de los portorriqueños, y, con tal motivo, se intentó, a última hora, obsequiarle con una serenata.

Estaban los iniciadores reunidos en la imprenta de Acosta, y allí mismo, y sobre el escritorio de Don Pepe Acosta escribió Ramón Marín una tierna despedida en verso, cuya lectura fué acogida con gran entusiasmo por los concurrentes. Faltaba quien pusiera música a los versos, y, ¡oh oportuna casualidad!: por la acera de enfrente iba a la sazón, a paso lento, y ensimismado, como era su costumbre, el maestro Gutiérrez.

Llamáronle para encargarle la música de la serenata, a lo que se prestó sin vacilar. Eran las diez de la mañana. El vapor correo se esperaba dos días después; así era que el acto debía llevarse a cabo al día siguiente.

Pues bien: a las tres de la tarde estaba compuesta e instrumentada la serenata, que constaba de una introducción a gran orquesta, un coro y tres estrofas.

Al siguiente día por la noche el pueblo congregado en los alrededores del Casino Español, local escogido por el magnate para recibir el homenaje que se le tributaba, pudo saborear las bellezas que el maestro prodigara en aquella obra que no había de ejecutarse más que una sola vez.

A la terminación del himno, tanto el pueblo soberano como la inmensa concurrencia que llenaba los salones del Casino, premiaba la labor del maestro con una prolongada salva de aplausos, disputándose todos el honor de estrechar su mano; porque eso sí: no ha habido artista en Puerto Rico que haya sido más sahumado por el vaho glorioso que Gutiérrez; así como no ha habido otro tampoco que haya sido menos favorecido por el sonido argentino. De Gutiérrez puede decirse que la gloria le perseguía, pero el dinero huía de él.