En otra ocasión se había proyectado una velada en el Teatro en celebración de no recuerdo que suceso. La fiesta había de comenzar con un himno cantado por más de cincuenta voces, acompañadas por una orquesta de cien músicos; pero sucedió que el poeta encargado de hacer los versos se enfermó, y no pudo entregarlos hasta la antevíspera de la fiesta. También fué el maestro Gutiérrez el que esta vez salvó la situación, escribiendo en dos o tres horas la música del himno, con el cual comenzó la velada a la noche siguiente.

Cuéntase, también, que cierto día y durante el sermón de una misa cuya orquesta dirigía, escribió, sentado en la escalera que daba acceso al coro, un primoroso Ofertorio, que fué ejecutado en aquel mismo acto, causando la admiración de los músicos, a pesar de lo acostumbrados que estaban a admirar aquel fenómeno artístico.

Para terminar la relación de estos rasgos de pasmosa espontaneidad, citaré el hecho siguiente, de que fuí testigo.

Estrenábase en el Teatro de San Juan por la compañía dramática de Gonzalo Duelos el drama titulado "El músico de la Murga". En el segundo acto, una murga ejecutaba un bolero frente a una casa, y como el maestro Gutiérrez, que dirigía por aquel entonces la orquesta del Teatro, encontrase muy defectuosa la composición que le entregara Duclós, allí mismo, detrás de los mismos papeles, y mientras los actores ensayaban el drama, escribió otro bolero tan lindo, tan original y al mismo tiempo de un dejo tan amargo, en consonancia con la situación del protagonista de la obra, que Duclós abrazó lleno de efusión al maestro, y se llevó el bolero, cuyo autor habrá permanecido ignorado, porque, según nos dijo más tarde el maestro, se había olvidado de firmarlo.

Así como Campeche era aficionado a la música y llegó a ser un hábil instrumentista, nuestro biografiado tenía también regulares aptitudes para el dibujo y la pintura.

Recordamos haberle encontrado muchas veces pintando paisajes en las paredes del comedor y del patio de su casa, y es muy común encontrar en sus originales, los caprichosos dibujos a la pluma, con los cuales tachaba las frases que no salían a su gusto.

Por cierto que esa afición a la pintura fué causa de que cierto día lo encarcelaran.

Véase como ocurrió el caso.

Celebrábase, no recordamos que fiesta en la casa Ayuntamiento, en la que tomaba parte la orquesta de capilla que dirigía el maestro. Mientras llegaba la hora de comenzar el acto, dirigióse nuestro hombre al salón de sesiones y situóse delante del retrato del general Ramón de Castro, obra, como todos saben, de Campeche.

Tan abstraído se encontraba el maestro contemplando aquel admirable sombrero del general, que no oyó la orden del corregidor don Rosendo Mauriz de la Vega, mandando despejar el salón, porque iba a reunirse el Consejo. Viendo el Corregidor que aquel señor trigueño, alto y con una levita algo antigua, no se daba por entendido, ordenó a un corchete que hiciera salir de allí a aquel intruso.