¡Adiós! ya la nave de prora flexible

divide las olas del hórrido mar,

sus brisas tempranas impelen tu nave

y en sones dolientes, ¡adiós te dirán!

De Viena se trasladó el maestro a París, acompañado por el insigne pintor portorriqueño Frasquito Oller.

Poco fruto obtuvo el maestro de tal viaje.

Aparte de que los cuarentiocho años que contaba por aquel entonces no es edad propia para perfeccionarse en la música, tampoco era Viena, y mucho menos en plena Feria, más bien industrial que artística, lugar a propósito para el objeto que el maestro perseguía.

En París no hizo tampoco cosa de provecho. Visitó a Monsieur Mathias, a quien dedicó un cuarteto de cuerda, que el insigne maestro francés ejecutó delante de él, y de repente, en el piano.

Por cierto, que al enterarse de que Gutiérrez era procedente de Puerto Rico, nombre que oía por primera vez (al menos aplicado a una isla), trajo a la vista un mapa-mundi de pequeñas dimensiones y ¡oh amarga decepción para el maestro borinqueño! Puerto Rico no figuraba en el mapa; y por más que nuestro paisano señalaba el sitio donde debía estar la isla, sólo veía a Cuba representada por una raya, Santo Domingo por un punto y Puerto Rico desaparecía en la proporción.

"Hasta ese día para mí memorable"—decíanos una vez el maestro—"no me había dado cuenta exacta de la pequeñez de nuestro país, así como del completo desconocimiento que acerca de los portorriqueños se tiene en el resto del mundo."