cobrando fuerzas nuevas el cuerpo maltrecho.

165.

Por donde, al esparcir por el orbe

su dorada cabellera el alegre sol,

se incorporó despacioso y agradeció

al cielo las recobradas fuerzas del cuerpo.

166.

Cuál no sería el gozo del ínclito guerrero,

que abrazó repentinamente al cuitado,

y si antes, de piedad, le brotaron las lágrimas,