Como que ni la sagacidad de nuestro maestro,

ni su experiencia de las cosas del mundo,

pudieron calar la profundidad y las tendencias

secretísimas del taimado corazón de Adolfo.

212.

Yo, que desde la infancia aprendí

de mi padre aquella rectitud ajena al qué dirán;

(aquella que frutos da de bendición,

que inclinan al corazón al amor y al respeto).

213.