¡gracias a tí, oh querido Minandro,

si no por tu agilidad, mi vida hubiera acabado!

230.

Le paró el golpe que era mi muerte,

saltó la espada que esgrimía Adolfo,

y entonces acudieron nuestro maestro

y los alebrestados camaradas y amigos.

231.

Terminado que hubo el juego,

de terror y pesadumbre,