el ánimo, sin saber dónde me hallaba
y, no fuera por los auxilios de mis camaradas,
no conversarías hoy conmigo.
238.
Recobrado del accidente, aquí del agobio;
mis dos ojos se convirtieron en fuentes,
y si los ¡ay! ¡ay, madre! cejaban,
era porque había dejado de respirar.
239.
En aquel tiempo creía