Al desembarcar, presto me dirigí a la quinta,
sin separarse de mí el amigo fidelísimo;
al besar las manos de mi señor padre,
se hizo agudo el dolor que por mi madre padecía.
256.
Sangró nuevamente la herida del corazón,
superando el pesar que irrumpió al primero,
y a las lágrimas caídas siguieron:
"¡Ay padre!" al mismo tiempo que el saludo "¡ay, benjamín!"