¡suerte fue del que huyó que no halló su muerte

en mi mortífero acero que esgrimía a toda furia!

320.

Cuando ya no hubo en quien descargarla,

me acerqué a la enmudecida prisionera,

y, cuando descorrí lo que encubría su rostro,

¡cielos, era Laura! ¿habrá mayor infortunio?

321.

La iban a decapitar por no allanarse

a los torpes apetitos del emir de la ciudad;