Concierto y pío tan general obedece a que, en Florante, lo anacrónico se reduce a los nombres de personas, lugares, armadura del guerrero y leones, pero el contenido histórico es tan histórico como el del Noli me tangere, y con lo que Rizal requiere del género: "pintura de nuestras propias costumbres, para corregir nuestros vicios y defectos y ensalzar las buenas cualidades".

La erudición de Balagtás, especialmente su helenismo, es de lo que haría sonreir hoy a cualquier irreflexivo estudiante de literatura. Y lo más extraño es que el gran poeta no quiere que se den al raspadillo sus versos donde retozan los nombres mitológicos, e invita al lector a que lea sus glosas sobre los tales nombres. Balagtás, pues, no se ha librado del defecto común en los grandes poetas y escritores espontáneos, de tomar por óptimo aquello que más fatiga les costó y que en ellos solían ser sus alifafes eruditos.

Debe decirse en descargo de Balagtás que, dada la época y la falta de medios entonces, cuando los modelos socorridos eran Plauto y Terencio disfrazados, época en que toda tradición poética tenía que andar a greñas con la gerga escolástica de los ergotistas, o con la curialesca de los plumarios, su helenismo no es de los que se improvisan con el barato auxilio de los Manuales y de las Poéticas. Su tesoro, exiguo cual es, vendría a ser para él a manera del codiciado tael de oro, que representaba, para el primitivo minero filipino, angustioso desbastamiento, con las manos, de sendos bloques de cuarzo. No lo había recibido por vía de dádiva, sino recogiéndolo, como hacía Virgilio, del estercolero de los poetas contemporáneos. Por ésto, Balagtás suele cerrar sus glosas con la frase según los poetas. En su época la mayor suma de helenismo escrito en lengua tagala era la exposición y análisis de la teogonía griega en el Barlaan y Josafat, hecha por el falso profeta Nacor, para sacar a la vergüenza pública los crímenes de los doce dioses mayores del Olimpo, con el caritativo propósito de hacerlos odiosos y no amables, sin que escapen de la razzia fanática las castas musas.

Así el Menandro del poema no es el clásico Menandro, todavía más famoso que Aristófanes, ni siquiera el ateniense Menandro, de Moratín, sino el precursor de Elías; el Edipo del poema no es el de Sófocles, ni la versión castellana de Estala; ni siquiera la tragedia de Martínez de la Rosa, cuyas obras sólo se conocieron en Filipinas años después de dada a luz la primera edición del Florante. Cuando mucho, tendría noticia Balagtás del Polinice o los Hijos de Edipo de D. Antonio Saviñón, pero ni ésto es cosa averiguada. Verdad es que la frase trágica ¡ay, ay infeliz de mí! es de gran efecto en el Florante como en la tragedia de Sófocles, pero la tagala ¡sa aba co! (ay, infeliz de mí) es tan castiza en tagalo que es más bien idiotismo característico de la lengua que del poema. También la Laura del poema no es la de Petrarca, ni tampoco la de Martínez de la Rosa, sino, sencillamente, la precursora de María Clara.

Florante y Laura, Aladín y Flérida, Menandro, Antenor y el conde Adolfo, aunque el autor diga otra cosa, no son personajes deducidos de la historia, ni de crónica alguna. Cuando mucho, son como Brandabarbarán de Boliche, Micocolembo de Quirocia, Pentapolín y Alifanfarrón de la Trapobana en el Quijote, nombres graciosamente eufónicos, dice un crítico, sin realidad, ni consistencia histórica. Pero en Balagtás le sirvieron de pretexto magnífico y de tarasca para despistar a los ceñudos censores de su época. De otra suerte, la censura no hubiese autorizado la publicación del poema, ni consentido luego que se difundiese y fuese tan familiar en todo hogar tagalo. La magia del estilo era, ciertamente, para cegar a Aristarcos. Aconteció, pues, con el Florante lo que con D. Juan Tiñoso, que, mientras el augusto padre de la princesa, niña de sus ojos, los puntillosos y currutacos príncipes pretendientes de la princesa y los bufones de la corte sólo veían en D. Juan Tiñoso un vejestorio, su podredumbre y lacras postizas, la enamorada princesa era la única que veía la plata, el oro, las pedrerías y la extraordinaria hermosura de Tiñoso, porque sólo ella era la digna de verle en todo su esplendor, y en toda su gloria.

Es admirable el uso poético que Balagtás hace de los pegotes históricos, que consigue nacionalizar. Como que sus musas son las de Bay, y sus ninfas las que vagan por las riberas de Beata e Hilom, y las aguas que canta, las tributarias del mar de China, tan pronto dulces, tan pronto salobres. El bosque mismo, dantesco, y que aparece fantástico sin pormenores visibles de carácter local, parece comunicar la impresión de ciertos bosques filipinos y colinas, en los cuales los naturalistas viajeros se hacen lenguas de ciertas palmas tropicales, que yerguen sus troncos anillados, recubiertos de fajas circulares de espinas negras, coloreadas hacia el penacho de un espléndido pardo de calcinada siena; o de familias de barringtonias en flor, coquetamente ufanas de la hermosura de sus estambres rojos, de anteras amarillas y larguiruchas, trabando justa con las orquídeas y epifitas que cuelgan de sus ramas como arañas y flecos, pero cuyos frutos son, a la vez, flotadores de las redes, y activo veneno para los peces.

Añádanse maraña y espesura que vuelvan su interior inaccesible a los rayos solares, y tales apesaramientos, además, de ánimo que truequen las cosas más agradables en algo macabro o fúnebre, porque el amor y el dolor fueron siempre supersticiosos, y se tendrá la impresión del bosque del poema. Fuera de ésto, hecho adrede para parecer extraño y fantástico, en todo lo demás es el poema más nacional de Filipinas. Como que, si se extraen del Florante todas las palabras netas de ultrapuertos, no harían siquiera 28 dodecasílabos. ¡Y el poema en conjunto, tiene 1708 dodecasílabos!

Así se comprende que los personajes y situaciones del poema hayan ido a encarnarse en los del Noli me tangere y hasta en el espíritu mismo del Dr. Rizal.

El padre de Ibarra cría a su hijo como crió el duque Briseo a Florante. Para fortificar el corazón de Ibarra y que se decida a aprender la ciencia de la vida fuera de su país, lejos de la solicitud paternal, le aconseja que no sea "como la planta de que nos habla nuestro poeta Baltazar: crecida en el agua, se la marchitan las hojas a poco que no se la riegue; la seca un momento de calor". Cuando Ibarra cree en las disimulaciones del P. Salvi, el filósofo Tasio, para ponerle en guardia, le dice: "recuerde V. lo que dice Baltazar":

Cong ang isalubong sa iyong pagdating
Ay masayang muchat, may paquitang giliu,
Lalong pag in~gatat, caauay na lihim.....