El hombre de buenas costumbres—es lanzado al piélago de la burla y de la intranquilidad; los honrados son enterrados—y sepultados sin ataúd.
Pero los traidores y malvados—son entronizados;—a los perversos con hábitos de fiera—se les ofrece perfumado incienso.
El mal y la felonía yerguen sus frentes;—el bien, tímido inclina su cabeza;—el derecho santo, acongojado y débil—derrama silencioso llanto.
La boca de donde emanan—la sabiduría y la verdad—es atravesada—por deshonrosa espada de muerte.
Si te da asco el verte en mi regazo—y te envenena el que no sea yo cristiano—es para mi un remordimiento dejar de socorrerte—al verte en tan lastimero estado.
Tu traje me revela—que eres de Albania y yo de Persia;—tú eres enemigo de mi secta—pero en la desgracia somos amigos.
Aunque soy moro, abrigo sentimientos de humanidad—me alcanza lo mismo la ley divina;—en mi pecho está grabado—el mandamiento natural de socorrer al desgraciado. (Voces de Aliento, Cultura Filipina, núm. de Mayo de 1914, págs. 936 y 937.)