para mitigar la veloz carrera

de lo que ha de acabar con mi vida.

60.

Nadie, Laura, tú eres la única

que podrá sanar estos tormentos;

pon tus manos en este cuerpo,

y, aunque cadáver fuera, volvería a la vida.

61.

Pero, ¡infeliz de mí! ¡ay, en la gran tribulación,

no existe ya Laura a quien llamo!