ahora tu hijo menor postrado en el tormento;
lo desmenuza y desgarra,
el sayón verdugo del hipócrita.
90.
Tu carne y huesos al desprenderse,
manos y cuerpo huyeron de la cabeza,
cual tobas los iban lanzando esos traidores,
y no hubo nadie que se apiadase de soterrarlos.
91.
Hasta tus protegidos y amigos,