los cadáveres en medio de la carnicería,
para no caer en la mortífera mano
del conde Adolfo, peor que la de león.
94.
Sin terminar aún tus súplicas,
sobre tu cuello cayó de repente el cuchillo,
salió de tus labios como últimas palabras:
"¡adiós, hijo menor!", y tu vida pasó.
95.
¡Ay, padre y padre mío! cuando pienso