144.

Vente, querida mía, y mi prisión deshaga,

si muero, acuérdate de mí;

y volvió a cerrar los ojos, desvaneciéndose sus quejidos.

El que le tenía en los brazos temía contestarle.

145.

Para evitar que recayese,

y acabara por apagarse el ya escaso aliento.

Esperó que verdaderamente sosegase

el ánimo del que tenía en su regazo, compendio del pesar.