«Esta época por lo remota no está bien fija en mi memoria: solo me acuerdo de que mi madre y la señora Doña Joaquina[23] el padre y yo estuvimos en fila en su cuarto mortuorio, que ella me tenia puesta la mano en mi hombro, que mi madre y la señora Doña Joaquina lloraban, de lo que hablaban no sé, que salimos de allí y yo me fuí á jugar: que á la mañana siguiente la ví tendida en una gran cama; que grité y me llevaron al fondo de la casa, donde estaban los demás criados enlutados, que por la noche toda la negrada sollozando rezó el rosario, que yo lloraba á mares, y que me separaron entregándome á mi padre.»
Y continua despues de algunos renglones que omitimos:
«Transcurrido algun tiempo pasamos á la Habana, donde de nuevo fuí á casa de mi madrina; corrieron algunos años sin ver á mis padres; creo no equivocarme si digo que fueron seis........ hacia el oficio de paje........»
«Habia compuesto ya á los doce años muchas décimas de memoria, causa porque mis padrinos no querian que aprendiese á escribir; pero yo los dictaba á escondidas á una jóven morena llamada Serafina»......
«Pero la verdadera historia de mi vida empieza desde los catorce años de edad en que la fortuna se desplegó contra mí hasta el grado de mayor encarnizamiento, como veremos. Por la más leve maldad propia de un muchacho me encerraban por más de veinte y cuatro horas en una carbonera; era yo en estremo miedoso y me gustaba comer: mi cárcel, como puede verse todavía, era tan oscuro que en lo más claro del medio dia se necesitaba vela para distinguir en ella los objetos. Allí, despues de llevar récios azotes, me ponian con órden, so pena de gran castigo, al que me diese una gota de agua; lo que sufria aquejado del hambre y de la sed, atormentado del miedo en lugar tan soturno como apartado de la casa, en el traspatio, junto á la caballeriza, á un espantoso y evaporante basurero, y á un lugar comun infecto, húmedo y siempre pestífero, que solo estaba separado por sus paredes, todas agujereadas, guarida de diformes ratas que sin cesar me pasaban por encima...... tenia la cabeza llena de los cuentos de cosa-mala de otros tiempos, de las almas aparecidas en este mundo y de los encantamientos, y por eso cuando aparecia un tropel de ratas haciendo ruido, me parecia ver aquel sótano cundido de fantasmas, y daba tantos gritos pidiendo misericordia, que entónces me sacaban de allí y me crucificaban á zaetazos...... luego me encerraban otra vez, guardando la llave en el cuarto mismo de la señora.»
Dos ó tres veces se distinguió la piedad del señor D. Nicolás[24] y sus hermanos introduciéndome, por la noche, algun poco de pan bizcochado por una rendija de la puerta y dándome agua con una cafetera de pico largo. Esta penitencia era tan frecuente que no pasaba semana sin que la sufriera dos ó tres veces, y en el campo tenia igual martirio siempre. Yo he atribuido la pequeñez de mi estatura y la debilidad de mi naturaleza á la amargosa vida que desde trece ó catorce años he traido: siempre flaco y estenuado, llevaba en mi semblante la palidez de un convaleciente con tamañas ojeras...... no es de estrañar que de contínuo hambriento me comiese cuanto hallaba por lo que se me miraba como el más gloton; no teniendo hora marcada comia á dos carrillos, tragándome las cosas medio enteras, de donde me provenian frecuentes indigestiones, y yendo á menudos á ciertas necesidades, me hacia acreedor á otros castigos; mis delitos comunes eran no oir á la primera vez que me llamaban, si al tiempo de dárseme un recado dejaba alguna palabra por escuchar. Como llevaba una vida tan angustiada, sufriendo casi diariamente rompeduras tras rompeduras de narices, lo mismo era llamárseme que me entraba un temblor tan grande que apénas podia tenerme sobre mis piernas; pero suponiéndose esto fingimiento no pocas ocasiones recibí por manos de un negro rigurosos azotes...... Desde la edad de trece ó catorce años la alegría y viveza de mi genio, lo parlero de mis labios, llamados pico de oro, todo se trocó en cierta melancolía que se me hizo con el tiempo característica; la música me embelesaba; sin saber por qué lloraba y gustaba de ese consuelo, en hallando ocasion de llorar, que siempre buscaba la soledad para dar rienda suelta á mis pesares, adquiriendo mi corazon cierto estado de abatimiento incurable hasta el dia». . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
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«Quince ó diez y seis años tenia cuando fuí llevado á Matanzas otra vez; abracé á mis padres y á mis hermanos y conocí á los que nacieron despues de mí...... Cinco años pasamos en Matanzas donde era mi oficio barrer y limpiar cuando podia...... desde el amanecer, ántes que nadie se levantase»......
Desde este punto toda la autobiografía es un continuado lamento, un quejido de angustia: jamás hemos visto la desventura ensañarse con mayor terquedad en la persona del humilde y del indefenso. Sin duda aquel venerable sacerdote á quien se atribuye la idea de traer africanos[25] para aliviar á los indios sus protejidos, no se representó el cuadro horrible del talento encadenado y al arbitrio de un amo desapiadado é insensible: él sin duda solo consideró al africano devorado en su tierra por las guerras, desnudo y hambriento, sin pan para sus hijos, sin religion, sin familia; no pensó en la sórdida avaricia, en el látigo acerado, en las hijas separadas de sus madres, en las madres castigadas en presencia de los hijos; no adivinó que andando el tiempo de esa raza negra habia de nacer un Plácido cuya vida y muerte seria padron de deshonra para su siglo, y un Manzano cuyos ahogados lamentos habian de sonar como el grito de la conciencia humana, revelándose á un tiempo en el corazon de todos los hombres rectos.
Continuemos copiando: por estos dias su señora se mudó á su hacienda de El Molino, y venia todas las noches á Matanzas, donde jugaba al tresillo hasta las doce, obligado el page («como un falderillo») á estar de pié detrás de su sillon para servirla en lo que se ofreciera.