«Si durante la tertulia me dormia, si al ir detrás de la volanta se me apagaba el farol, aunque fuése por casualidad, como sucedia en los carrilones de las carretas, que llenándose de agua, al caer la rueda, saltaba aquella y se entraba por las labores del farol de hoja de lata, luego que llegábamos se despertaba al mayoral ó administrador, y yo iba á dormir al cepo y al amanecer ejercia aquel en mí una de sus funciones[26] pero no como en un muchacho...... nadie me valia...... A mi pobre madre y á mi hermano más de dos veces les amaneció esperándome, interin encerrado aguardaba yo un doloroso amanecer.
«Aquella vivia tan recelosa ya que cuando yo no llegaba á la hora poco más ó menos, bajaba de su bohío y acercándose á la puerta de la enfermería, donde estaba el cepo, hácia la izquierda por ver si me hallaba allí, me llamaba...... ¡Juan!...... y yo le contestaba gimiendo, y ella decia desde afuera...... ¡ay, hijo!...... Entónces era el llamar de la sepultura á su marido porque cuando esto ya mi padre se habia muerto: tres ocasiones recuerdo haber visto repetirse esta escena, pero otras veces me encontraba mi madre en el camino cuando me llevaban de la casa de vivienda al cepo.
«Una vez más que todas para mí memorable me sucedió lo siguiente: nos retirábamos del pueblo[27] y como era ya demasiado tarde y la volanta andaba despacio, y yo venia sentado como siempre, asido con una mano á un barrote, y en la otra el farol, me dormí de tal modo que solté aquel, pero tan bien que cayó parado á unos veinte pasos: abrí de pronto los ojos, me hallo sin él, veo la luz en donde estaba, tírome abajo, corro á cojerle, doy ántes de llegar dos caidas con los terrones, tropezando al fin lo alcanzo, quiero volar en pos de la volante que ya me sacaba una ventaja considerable; pero cuál fué mi sorpresa al ver que el carruaje apretó marcha, y por más que procuré alcanzarlo se me desapareció. Sabia lo que me iba á suceder, llorando seguí á pié, pero cuando llegué cerca de la casa de vivienda, me hallé cojido por D. Silvestre, que era el nombre del mayoral, quien ya venia en mi busca. Al conducirme para el cepo nos encontramos con mi madre, que siguiendo los impulsos de su corazon, vino á acabar de colmar mis infortunios. En habiéndome visto quiso preguntarme qué habia hecho, mas el mayoral imponiéndole silencio, se lo trató de estorbar, sin atender á ruegos ni lágrimas. Irritado porque lo habian hecho levantar á aquella hora, alzó la mano y le dió á mi madre con el manatí: este golpe lo sentí en el corazon. Dar un grito y convertirme de un manso cordero en un leon, todo fué uno: me le zafé con un fuerte tiron del brazo por donde me llevaba y me le tiré encima con dientes y manos; es de considerarse cuantos manatiazos, puntapiés y otros golpes llevaria; mi madre y yo fuimos conducidos y puestos en un mismo lugar. Los dos gemíamos á una allí, miéntras mis hermanos Filomeno y Fernando lloraban en el bohío. El primero tendria seis años, y el segundo, que hoy sirve al médico señor D. Tomás Pintado, cinco. Apénas amaneció dos contramayorales y el mayoral nos sacaron llevando cada uno de los negros su presa al lugar del sacrificio. Yo sufrí más de lo mandado por guapito; pero las sagradas leyes de la naturaleza obran en las madres efectos maravillosos. La culpa de la mia fué que viendo que me tiraban á matar, se tiró encima del mayoral para hacerse atender, mas llegando los negros del tendal nos echaron mano. Al contemplar á mi madre por primera vez en su vida en el lugar del sacrificio, suspenso, sin poder ni llorar, ni discurrir, ni huir, temblando, interin sin pudor los cuatro negros se apoderaron de ella y la arrojaron por tierra para azotarla...... no hacia más que pedir por Dios, todo lo resistia por ella; pero al oir estallar el primer foetazo, enfurecido como un tigre ó como la fiera más animosa, estuve á pique de perder la vida á manos del citado D. Silvestre...... pasemos, pasemos en silencio el resto de esta escena dolorosa......
.........«No, que no puedo enumerar los increibles trabajos de mi vida, toda ella está regada de lágrimas...... Mi pobre corazon se enfermó á fuerza de tanto sufrir, por lo que todo me asustaba». . . . . . . .
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Endulzóse un momento la suerte del infeliz esclavo cuando pasando segunda vez á la Habana, fué entregado para el servicio de D. Nicolás de Cárdenas y Manzano, su amito; pero ¡ay! estos cortos dias de ventura no son más que un oasis en el dilatado desierto de su existencia. Veamos con qué palabras describe el carácter de aquel señor.
«Solo me privaba de la calle, de la cocina y del roce con personas de malas costumbres, porque este señor como que desde bien jóven las tuvo irreprensibles, queria que todo el que tuviera á su lado fuera lo mismo.»
El lector sin duda sabe quien fué Cárdenas y Manzano, á quien todos convienen en reconocer un hombre probo, un digno ciudadano que prestó valiosos servicios en la causa de la instruccion pública; pero el elogio sincero del humilde poeta esclavo, ese certificado irrecusable de la bondad de Cárdenas, le realza más en nuestro concepto que los que le otorgaron las aulas y corporaciones de que fue ilustre miembro. ¿Por qué la suerte que hizo esclavo á Manzano al ménos no lo hizo siempre esclavo de Cárdenas? No hubiera sufrido el horrible tratamiento de que se lamentaba con tanta humildad como razon, quizás no leeríamos hoy esta autobiografía escrita con hiel, quizás hubiéramos tenido un poeta de más alcance; porque quien lea sus versos pronto descubre que á aquella fantasía solo faltó el elemento de la instruccion para elevarse á la region de Heredia y la Avellaneda.
Continuemos estractando:
«Me fuí de tal modo identificando con sus costumbres, que empecé tambien á darme á ellos (á los libros). Tomaba sus libros de Retórica, me ponia mi leccion de memoria, la aprendia como un papagayo, y ya creia yo saber algo; pero el poco fruto que de ello sacaba, lo conocia en que nunca habia ocasion de aplicar mis conocimientos. Entónces determiné darme á otro estudio más fácil que fué el de aprender á escribir.»