Pinta aquí con tanta sencillez como galanura los apuros que pasó porque «no hallaba cómo empezar.» No sabia, dice, cómo cortar las plumas y me guardaria de tocar ninguna de las de mi señor. Sin embargo, ¿qué hice? compré un tajaplumas, plumas y papel muy fino y metia entre llanas algun pedazo de los que mi señor botaba escritos, con el fin de acostumbrar el pulso á formar letras, ó iba siguiendo la forma de los que tenia debajo, con cuya invencion ántes de un mes, ya hacia renglones, logrando la forma de letra de mi amo; por lo que hay tanta identidad entre la suya y la mia»......
«Prohibióseme la escritura, pero en vano, porque todos se habian de acostar, y entónces yo encendia mi cabito de vela, y me desquitaba á mi gusto, copiando las más bonitas letrillas de Arriaza, á quien imitaba siempre, figurándome que con parecerme á él ya era poeta. Pilláronme una vez algunos papelillos de décimas, y el señor Dr. Coronado fué el primero que pronosticó que yo seria poeta, aunque se opusiera todo el mundo.»
Hé aquí una noticia desconsoladora: la melancolía que enjendra la lectura de ese escrito se convierte ahora en indignacion. ¡Con que ya se habia revelado el genio! ¡Con que ya hubo quien leyera al poeta á traves de la tosca envoltura del esclavo! ¡Con que ya no era el caso un poco ménos acerbo del africano embrutecido, de cerebro imperfecto, en quien tal vez no hay más sufrimiento que el físico, porque no tiene idea de la dignidad, que carece de amor propio, que creyó ser nacido para ello! Es preciso siempre trasladarse á la época para no hacer inculpaciones injustas: nadie duda que Cárdenas Manzano fué recto, benévolo, magnánimo; como tal aparece en nuestro Diccionario ¿por qué volvió el sinventura poeta á la hacienda del Molino despues de la revelacion de Coronado?[28]
«Entretanto (habla Manzano) estaba mi señor en vísperas de casarse con la señorita Doña Teresa Herrera; y yo era el Mercurio que llevaba y traia; distinguido lugar que me daba mucho, pues tenia doblones sin pedirlos. No sabia qué hacer del dinero y despues de comprar gran provision de papel, plumas y buena tinta, y haber comprado un tintero, lo demás se lo enviaba á mi madre en efectivo.»
«Cosa fué de tres años ó poco más esta felicidad cuando viniendo mi señora de Matanzas, oyó la fama de mi servicio en todo, y sin saber yo por qué determinó llevarme otra vez consigo.»
La azarosa vida del poeta vuelve aquí á nublarse y ahora por un espacio más dilatado: con su vuelta á Matanzas se renovaron las angustiosas visitas al Molino. Habla aquí de los padrinos que á menudo tenia que buscar para sustraerse á un vejaminoso castigo; D. Tomás Gener, el Conde de Jibacoa &.ª y esclama en un arranque de justísima indignacion «¡Vergüenza me daban estos padrinazgos.» Y hé aquí toda la imprecacion que pronuncian los labios del manso cordero en los momentos en que el infortunio fulminaba sobre él sus rayos más tremendos! Por eso, lo repetimos, quien quiera aborrecer y execrar esa institucion ó mejor dicho ese crímen social en cuanto se merece, lea esa epopeya de lágrimas en que no se ha escrito la palabra maldicion. Es justamente su estilo cuasibíblico, bien semejante al de Silvio Pellico, es esa misma simplicidad, es la verdad tristísima que se traspira en ella, lo que hace que esa dolorosa relacion, bella en su desórden, sublime en su desaliño, sin adorno de estilo como no escrita para lucir erudicion, acongoje el alma hasta arrancarle lágrimas de enternecimiento y de indignacion.
El espectáculo contínuo del sufrimiento de otros, la tolerancia general respecto de un error intolerable, sin endurecer acaso las almas ha llegado á rodearnos de una atmósfera deletérea, á crear un pernicioso hábito, una ceguedad de que nadie podria darse cuenta. Es que todo se degrada y se envilece allí donde hay hasta sacerdotes poseedores de esclavos y verdaderos amos feudales de séres que conviene sostener en el embrutecimiento y en la ignominia. ¿Cuál era el instrumento, cuál era la fiera elegida por el acaso para atormentar á aquella víctima desventurada? ¡Era una mujer!
Pero doblemos unas cuantas hojas, y copiemos algun otro de sus dolientes episodios: no será estraño que nos estendamos demasiado en estos estractos, porque esta autobiografía no ha sido publicada y pocos cubanos[29] la conocen.
«Ya he dicho que era el falderillo de mi señora, y así puede decirse, porque tenia por obligacion seguirla siempre, á ménos que fuese á sus cuartos, que entónces me quedaba á las puertas, impidiendo la entrada á todos, ó llamando á quien ella llamase, ó haciendo silencio si consideraba que dormia. Pues una tarde salimos al jardin; largo tiempo hacia que ayudaba á mi señora á cojer flores y á trasplantar algunas maticas como en género de diversion, miéntras el jardinero andaba por todo lo ancho del jardin cumpliendo su deber; cuando al retirarnos, sin saber materialmente lo que hacia, cojí una hojita no más de geranio donato. Esta malva sumamente olorosa, iba en mis manos, mas yo no sabia lo que llevaba, distraido con mis versos: seguia á mi señora á distancia de dos ó tres pasos, tan ageno de mí que iba haciendo añicos la hoja, de la que resultaba mayor fragancia. Al entrar en una antesala, no sé con qué motivo retrocedió, hícela paso, pero al enfrentar conmigo llamóle la atencion el olor: colérica de pronto, con una voz vivísima y alterada me preguntó ¿Qué traes en las manos? Yo me quedé muerto; el cuerpo se me heló de improviso, y sin poder tenerme del temblor que me dió en ambas piernas, dejé caer en el suelo una porcion de pedacitos que fueron un monton, una mata, un atrevimiento de marca. Me rompieron las narices y en seguida vino D. Luis Rodriguez, emigrado de Santo Domingo, empleado en la finca, á quien se me entregó. Serian las seis de la tarde en el rigor del invierno; la volante estaba puesta para partir al pueblo y yo debia ir detrás, pero ¡Cuán frágil es la suerte del que está sugeto á contínuas vicisitudes, como yo que nunca tenia hora segura! Lleváronme al cepo: en este lugar ántes enfermería de hombres, cabrán, si existe, cincuenta camas en cada lado,[30] pues en ella se recibian los enfermos de la Hacienda y á más los del ingenio San Miguel; pero entónces estaba vacío y no se le daba ningun empleo; tenian allí el cepo y solo se depositaba algun cadáver hasta la hora de llevarlo al pueblo á darle sepultura. Metiéronme en aquel los dos piés con un frio que helaba, sin ninguna cubierta, y despues me encerraron. ¡Qué noche no pasaria allí, solo en el alma! Parecíame que los muertos se levantaban y bajaban por todo lo largo del salon, y que se colgaban por una ventana medio derrumbada que caia al rio[31] cerca de un despeñadero de agua cuyo perenne golpeo se me figuraba una legion de duendes. No bien habia empezado á aclarar cuando sentí correr el cerrojo: entra un contramayoral seguido del administrador envuelto en su capote; me sacan á una tabla parada contra un horcon que sostenia el colgadizo y veo al pié de aquella un mazo de cincuenta cujes. El administrador por debajo del pañuelo que le tapaba la boca gritó con una voz ronca: «amarren». Me atan las manos como las de Jesucristo; me cargan y me meten los piés en las dos aberturas que tenia la tabla........ ¡Oh, Dios! ¡corramos un velo sobre esta escena tan triste!...... ¡ay! mi sangre se derramó y yo perdí el sentido. Cuando volví en mí me hallé á las puertas del oratorio, en los brazos de mi madre anegada en lágrimas, que á instancias del padre don Jaime Florid, se retiró de allí desistiendo del intento que tenia de ponérsele delante á mi señora, qué sé yo con qué pretension. A las nueve poco más ó ménos se levantó aquella; su primer diligencia fue imponerse de si me habian tratado bien: el administrador que la esperaba me llamó y me la presentó: ella entónces me preguntó: «Si queria otra vez tomar hojas de su geranio:» como no quisiese responder por poco me sucede otro tanto, y tuve á bien decir que no. Como á las nueve me entró crecimiento, y mé pusieron en un cuarto; tres dias sin intermision estuve en este estado, dándome baños y unturas. Mi madre no venia allí sino por la noche, cuando consideraba que mi señora estuviese en el pueblo. Al sesto dia andaba ya solo y se contaba con mi vida: á eso de las doce me encontré con ella que atravesaba por el tendal, y me dijo: «Juan, aquí llevo el dinero de tu libertad, ya tú ves que tu padre se ha muerto, y tú vas á ser el padre de tus hermanos; ya no te volverán á castigar más, Juan, cuidadito, ¡eh!...... Un torrente de lágrimas fué mi única respuesta. Ella siguió y yo fuí á mi mandado, mas el resultado de esto fué que mi madre salió sin dinero, y yo quedé de esperar qué sé yo cuanto tiempo que nunca llegó»[32].
«Después de este pasage me aconteció el siguiente. Una tarde trajeron del ingenio unos cuantos pollos y capones, y á mi me tocó como siempre estaba de centinela para el que llegaba, recibirlos por desgracia. Entré la papeleta dejando las aves en el pasadizo, debajo de la glorieta que se hallaba á la entrada; leyóse el papel y me mandaron llevarlos al otro lado para entregarlos á D. Juan Malo que era mayordomo ó celador de aquella otra parte; tomélo todo despidiendo al arriero, é iba contento, pues en este intérvalo respiraba; entregué lo que recibí y me acuerde que eran tres capones y dos pollos. Pasadas unas dos semanas me llamaron para que diese cuenta de un capon que faltaba; al momento dije que los que vinieron fueron tres y dos pollos, y que esos mismos habia entregado. Quedóse esto así, mas á la mañana siguiente ví venir al mayoral del ingenio, que habló largo rato con mi señora y se fué. Servimos el almuerzo, y cuando iba á meterme el primer bocado, aprovechando el momento porque pasado este...... (no puede leerse en el manuscrito el RESTO de esta frase)....... me llamó mi ama, y me mandó que fuese en casa del mayoral y le dijese qué sé yo qué cosa: aquello me dió mal ajo, oprimiéndoseme el corazon, y fuí temblando, como que estaba acostumbrado á irme á entregar yo mismo. Llego á la puerta y veo dentro á los dos, el del Molino y el del Ingenio; dóile al primero el recado y haciéndose sordo me dice «Entra, hombre,» y como me hallaba en el caso de estar bien con estas gentes, porque cada rato caia entre sus manos, le obedecí. Iba á repetir el recado; pero el señor Dominguez, que así era el apellido del mayoral del ingenio, me cojió por un brazo diciendo «A mí es á quien busca.» Sacó una cuerda de cáñamo delgada, me amarró como á un facineroso, montó á caballo, y echándome por delante, me mandó á correr, y nos alejamos prontamente por aquellos contornos: el fin era que mi madre, ni mi segundo hermano, ni los niños y niñas me viesen, porque todos al momento se echarian á llorar, y la casa seria un lugar de duelo y me apadrinarian.»