«Por lo cual tenia en la uña la vida de los santos más milagrosos y los versos de sus rezos, los de la novena de San Antonio, los del Trisajio y en fin todos los de los Santos, únicos casi que alcanzaba; fuera de los que en la mesa de mi señora, en los dias de comida, que eran todos por lo regular, le improvisaban para coronarla cuatro ó cinco poetas, quienes me dejaban bastantes, pues yo tenia mi cáscara de huevo (tintero) y mi pluma, y apénas acababa uno, inter otros aplaudian y los demás rebosaban las copas, yo detrás de alguna puerta escribia los trozos que se me quedaban en la memoria.»

Esto enternece tanto más si se considera que esa fué la única escuela de Literatura que tuvo el autor de la Zafira; y el lector sabe sin duda á qué atenerse respecto al mérito literario de aquellas improvisaciones que se usaron de sobremesa, y que hicieron bien en pasar á desuso: lo mismo decimos de los versos de rezos.

Pero este pasage encierra otra leccion que no debemos pasar en silencio, y es que al admirable ejemplo de mansedumbre y resignacion, se une otro no ménos grande de perseverancia; ejemplo que viene á llenar de confusion al mimado alumno que rodeado de todos los medios para ilustrarse ni los aprecia, ni los aprovecha, ni sabe agradecerlos. Estudiad la historia de Manzano, niños que desestimais los desvelos de vuestro padres; vosotros los que teneis libros y maestros, los que el cariñoso afan de una madre rodeó de todos los elementos para formar un porvenir de luz y felicidad, poneos un momento en el lugar de aquel infeliz sin proteccion ni recursos y que no sabia á donde volver los ojos para encontrar un rostro amigo. Se os figurará una planta de generosa condicion, pero nacida entre piedras, en atmósfera viciada, sin abono y sin riego...... por fuerza solo de su propia bondad germina, lucha, rompe el valladar que coarta su crecimiento, brota al fin para dar una flor que no puede ser sino pálida, y esparce una fragancia que no puede ser sino raquítica.

Reproducirémos un pasage más para concluir. Despues de hablarnos de la muerte de su madre, de su proyecto de fugarse á la Habana; nos refiere el siguiente:

«Al cabo de tres meses ó cuatro de mi último acaecimiento, se armó viage á Madruga, donde debia mi señora tomar baños. Con los achaques tornóle el malhumor antiguo...... de contínuo me amenazaba con el Molino y D. Saturnino, (ya en páginas anteriores nos ha dicho quien es don Saturnino, verdadero mayoral de nuestros campos, cruel é irracional, en cuyas manos habia sufrido Manzano diversos castigos.) «Las últimas espresiones de éste las tenia grabadas en mi corazon, y no tenia la menor gana de volver á verme con él. Pregunté cuantas leguas distaba de allí la Habana, y supe que doce, y ví que no las podria vencer en una noche de camino á pié, y desistí de pensar más en verme en la ciudad, esperando que en yendo se decidiria mi suerte, siempre con la idea de que era libre. Un dia, este dia de resignacion, principio de cuantos bienes y males el mundo me ha dado á probar, me sucedió lo que sigue: Era sábado y debia ántes del almuerzo, según teníamos de costumbre, asearme, pues vestia dos veces á la semana. Para ello me fuí al baño de la Paila, que distaba al frente de la casa, en un declive, como treinta pasos: estando bañándome me llamaron por órden de la señora, y ya se puede considerar cómo saldria: me recibió preguntándome. ¿Qué hacias en el baño? le contesté que me aseaba para vestirme. ¿Con qué licencia lo has hecho? respondió. Con ninguna, respondí. ¿Y por qué fuiste? tornó á decir. Para asearme, volví á contestar. Esta escena fué en el colgadizo y puerta de la calle: allí mismo me rompieron las narices, y fuí para dentro echando las venas de sangre; lo cual me abochornó y apesadumbró en estremo, porque á la otra puerta vivia una mulatica de mi edad, primera que me inspiró amor, cosa que yo no conocia, ó más bien una inclinacion angelical como si fuera mi hermana, que no pasaba de regalarle santos de maravillas de diversos colores, que ella recibia dándome algun dulce seco ó fruta. Habíale dicho que yo era libre, y que mi madre habia muerto poco hacia. No bastante lo ya dicho como á las diez me hizo mi ama quitar los zapatos y me pelaron[35]; esto era muy frecuente, pero esta vez me sirvió de la mayor mortificacion: púsome despues á cargar agua para la casa, con un barril á la cabeza. El arroyo distaba del punto de aquella unos treinta pasos, haciendo una bajadita; cuando llené mi barril me hallé en la necesidad, no solo de vaciarle la mitad, sino tambien de suplicar á uno que pasaba, que me ayudase á echarlo al hombro, y yendo á subir la lomita que habia hasta la casa, con el peso del barril y mis fuerzas nada ejercitadas, faltóme un pié, caí dando en tierra con una rodilla; el barril cayó algo más adelante; rodando me dió en el pecho, y los dos fuímos á parar al arroyo, inutilizándose aquel. La señora me amenazó con el Molino y D. Saturnino, porque suponia aquella contingencia como de premeditada intencion, y la amenaza era grave. No llegué á la noche sin desgarrar muchos esputos de sangre. Este tratamiento me cojió de nuevo en cuanto á los errados cálculos que habia formado de mi suerte. Desengañado de que todo era un sueño, me acometió otra vez el deseo que tenia de volver á la Habana. Al dia siguiente que era domingo, cuando la gente estaba en misa, me llamó un criado libre de la casa, y estando con él á solas me dijo: «Hombre, qué tú no tienes vergüenza, para estar pasando tantos trabajos; cualquiera negro bozal está mejor que tú; un mulatico fino, con tantas habilidades como tú al momento hallará quien lo compre.» Por este estilo me habló mucho rato, concluyendo por decirme que llegado al tribunal del Capitan General, y haciendo un puntual relato de todo lo que me pasaba, podia salir libre: me indicó el camino de la Habana, y me dijo por último que no fuera bobo, que aprovechara la primera oportunidad. Con lo que me obligó muchísimo, pues sin el menor aviso tenia más de lo regular, á lo cual tambien contribuian las terribles insinuaciones que me hizo...... A las once de la mañana del lunes ví llegar á D. Saturnino; apeóse y le tomaron el caballo. Desde el momento que este señor entró se me acibaró toda la vida; latíame el corazon con violencia y mi sangre se puso en un estado de efervescencia que no me dejaba sosegar. El lugar comun era regularmente mi cuarto de meditacion, inter estaba en él pensaba con alguna serenidad; así fué que estando en él como á las cuatro oí que hablaban dos, una criada de mano y un criado, á quien habiéndole preguntado aquella que á qué vendria el administrador, respondió: «¿A qué ha de venir? á llevarse á Juan Francisco.» Enterado así de mi mala suerte, no me es dado pintar mi situacion amarguísima en este instante: un temblor general se apoderó de todo mi cuerpo, y me atacó un dolor de cabeza que no me podia valer: ya me veia atravesando el pueblo de Madruga como un facineroso atado, pelado y vestido de cañomazo, como me ví en Matanzas[36] sacado de la cárcel pública para ser conducido al Molino, sin padres ni aun parientes...... Todo esto se presentó á mi imaginacion y en aquel instante determiné mi fuga. El moreno que me habia insinuado el camino que debia tomar como favorable, á eso de las cinco de la tarde, me dijo: «Hombre, saca ese caballo de ahí y ponlo al fresco que ahí estará haciendo ruido y despertarán los amos, cuando lo vayas á cojer para D. Saturnino, y diciéndome esto me entregó las espuelas, agregando: «Allí está la silla sin pistoleras, tu sabrás donde está todo, para cuando se necesite.» Con una mirada que me convenció de que me hablaba así para que aprovechara el tiempo. Este tal fué siempre muy bien llevado con mi padre, y trataba á mi madre con algun respeto aun despues viuda. No estaba yo con todo resuelto todavía, considerando que dejaba á mis hermanos en el Molino, y que tenia que andar toda una noche solo, por caminos desconocidos, y espuesto á caer en manos de algun comisionado (policía). Pero cuál fué mi sorpresa cuando en habiendo acabado todos de cenar y estando yo sentado á solas sobre un trozo, meditando si me determinaria ó no, ví llegarse á mí á don Saturnino que me preguntó donde dormia. Le señalé sobre una barbacoa, pero aquella pregunta acabó de resolverme; bien pudo haber sido hecha con todo, y que todo fuese habladurias de criados, que todo variase á la misma hora como en otras ocasiones; mas yo no pude recibirla sino de muy mal anuncio, en vista de lo que estaba ya en mi conocimiento. Se me representó la mala suerte de un tío mio, que habiendo tomado igual resolucion por irse á donde el señor D. Nicolás, señor D. Manuel y señor Marqués, fué traído como todo cimarron; pero sin embargo estaba resuelto á echar una suerte y padecer con motivo. Velé hasta más de las doce; aquella noche se recojieron todos temprano por ser de invierno y lluviosa: ensillé el caballo por primera vez en mi vida, y púsele el freno, mas con tal temblor que no atinaba á derechas con lo que hacia; acabada esta diligencia me puse de rodillas, me encomendé á los santos de mi devocion, me puse el sombrero y monté á caballo. Cuando iba á andar para alejarme, oí una voz que me dijo: «¡Dios te lleve con bien, arrea duro!» Yo creí que nadie me veia y todos me observaban como supe despues, pero ninguno se me opuso...... Mas lo que me ha sucedido luego lo veremos en la segunda parte de esta historia.»

Al pié del manuscrito hay una nota que dice así: «Esta segunda parte no llegó á escribirse.» Sabemos sin embargo que sí se escribió y que entregada por Anselmo Suarez al poeta Ramon de Palma para ponerla en limpio y arreglar la ortografía, se estravió en manos de éste[37].

Hasta aquí, pues, Manzano: el lector no esperaba ciertamente que esa cosa que llamamos esclavo, pudiera escribir su historia en ese lenguage en el que, cuando más se ve alguna sombra de amarguísimo sarcasmo, de ligerísima reconvencion: si esperaba tal vez una série de reproches y maldiciones; y téngase siempre presente que lo que más angustia el corazon, es el pensar que en toda esa tristísima relacion no hay siquiera ponderacion: es la verdad en toda su repugnante desnudez; verdad que en otra parte pareciera inverosímil, pero que en Cuba no será por cierto la historia de un solo individuo: el tormento de Manzano lo han sufrido muchos, y lo sufren muchos hoy mismo á despecho de las benignas instituciones que tienden á suavizar la condicion de nuestros esclavos. ¿Y podria el poeta, podria el novelista, en el libre campo de la fantasía, idear obra abolicionista que hiciera más efecto en el ánimo del lector que Manzano con la sencilla y no comentada enumeracion de sus dolores?

Durante su lectura quizás alguno se ha preguntado ¿Por qué ensañarse contra aquel desgraciado acaso más que contra otro ninguno? ¿Era de espíritu altanero y contumaz?...... No, la modestia y humildad de Manzano, bien lo revelan sus escritos, era inconcebible. Es fama que D. Domingo Delmonte, promotor de los donativos para su manumision, jamás pudo hacerle tomar asiento en su presencia[38]. Se le perseguia más porque sabia más, porque osó tener alma y ver en la oscuridad, porque hacia versos!......... para ciertas inteligencias malo es ser esclavo, pero es mil veces peor ser esclavo despierto: un esclavo que piensa es una protesta viva, es un juez mudo y terrible que está estudiando el crímen social: no le tememos, porque lo conservamos bien desarmado, pero nos avergonzamos ante él......... y luego, sentándonos un momento en el pedestal de la eterna justicia, nos encontramos tan inferiores! ¿cómo hemos de amar nosotros los amos al débil que nos empequeñece?

Pero hemos concluido la historia del esclavo, sigamos la del poeta. Sabemos que salió al fin de las garras de su primera ama[39], que se le dió licencia para ganar jornales y sirvió á varios amos entre otros á D. Tello de Mantilla cuya benignidad elogia[40], y por último, que casó en 1835 y que pertenecia á D.ª Mª. de la L. de Z. cuando la filantropía de varios admiradores compró su libertad en 500 pesos, precio mayor que podia alcanzar un esclavo en aquella época. Se habia leido su magnífico soneto, más bien su gemido, titulado Mis treinta años, 1836, que ha sido despues traducido á cuatro idiomas, y pasa por uno de los modelos de su género[41] y sus Cantos á Lesbia, en los que si no campea la correccion de lenguaje, sí un verdadero sentimiento de poeta[42].

Es lástima grande que se haya perdido la segunda parte de su manuscrito: la ráfaga de muerte que en el año 44 azotó despiadada á la raza de color, deshonrando á la blanca, tambien escribió un episodio de sangre en la vida de nuestro protagonista, que tenia como tantos otros el delito de su color. En nuestra historia de Plácido hemos dado ya una idea de aquellos funestos cuadros; pero cuán interesante seria la relacion de tales escenas en el estilo inculto, pero sencillo y pintoresco de aquel siervo que valia más que sus señores, de aquel esclavo que mereció ser hombre.