Fuése, y púsoseme delante, enfrente de mí, un hombrecillo, que parecía remate de cuchar[473], con pelo de limpiadera, erizado, bermejizo y pecoso.
—Dígote sastre[474]—dije yo.
Y él tan presto dijo:
—Oir, que no pica[475]. Pues no soy sino solicitador. Y no pongáis nombres a nadie. Yo me llamo Arbalias, y os lo he querido decir para que no andéis allá en la vida: “Es un Arbalias”, a unos y a otros, sin saber a quién[476] lo decís[477].
Muy enojado, a mí se llegó un hombre viejo, muy ponderado de testuz, de los que traen canas por vanidad, un gran haz de barbas, ojos a la sombra muy metidos[478], frentaza llena de surcos, ceño descontento y vestido que, juntando lo extraordinario con el desaliño, hacía misteriosa la pobreza.
—Más despacio te he menester que Arbalias—me dijo—. Siéntate.
Sentóse y sentéme. Y como si le dispararan de un arcabuz, en figura de trasgo se apareció entre los dos otro hombrecillo, que parecía astilla e Arbalias, y no hacía sino chillar y bullir. Díjole el viejo, con una voz muy honrada[479]:
—Idos a enfadar a otra parte, que luego vendréis.
—Yo también he de hablar—decía, y no paraba.
—¿Quién es éste?—pregunté.