—Tiempo hay, que ahora ando averiguando cuál fué primero, la mentira o el sastre. Porque si la mentira fué primero, ¿quién la pudo decir si no había sastres? Y si fueron primero los sastres, ¿cómo pudo haber sastres sin mentira? En averiguando esto, volveré.

Y con esto se desapareció. Venía tras él Miguel de Vergas, diciendo:

—Yo soy el Miguel de las negaciones, sin qué ni para qué, y siempre ando con un no a las ancas: Eso no, Miguel de Vergas[561]. Y nadie me concede nada, y no sé por qué ni qué he hecho.

Más dijera, según mostraba pasión, si no llegara una pobre mujer cargada de bodigos y llena de males y plañiendo.

—¿Quién eres—la dije—, mujer desdichada?

—La manceba del Abad—respondió ella—, que anda en los cuentos de niños partiendo el mal con el que le va a buscar, y así dicen las empuñadoras de las consejas[562]: “Y el mal para quien le fuere a buscar y para la manceba del Abad”. Yo no descaso a nadie; antes hago que se casen todos. ¿Qué me quieren, que no hay mal, venga por donde viniere, que no sea para mí?

Fuése y quedó a su lado un hombre triste, entre calavera y mala nueva.

—¿Quién eres—le dije—, tan aciago, que, como dicen, para martes[563] sobras?