[429] Pedro Vega, ps. 6, 4, 2: “Los que apelan con las mil y quinientas aventuran tanta moneda como depositan, por ver su pleito en mejores manos”. H. Santiago, Juev. dom., 1 cuar., f. 155: “Aunque vee tres sentencias conformes contra sí, apela con las mil y quinientas al último y supremo tribunal de la misericordia”. Eran las mil y quinientas doblas que depositaban para recurrir en última apelación judicial en una de las salas del Consejo de Castilla. (Novís. Recopil., l. 4, t. 5. l. 1).
[430] “que se rezumaba” (A); “coyunturas” (A B).
[431] “bullía en un hervor” (A).
[432] “nacido de un jigotado” (A).
[433] 1621 dice el Ms., copia muy antigua de lo que hasta fin de aquel año tenía bosquejado Quevedo. Sin número son las erratas que la desdoran por torpeza del amanuense, que no entendía los originales; pero debemos a toda ley reconocerla como utilísima para aclarar y fijar el texto de este Sueño, uno de los más estropeados por antiguos y modernos impresores.
[434] “el marqués de Villena? ¿No has oído”, etc. (El manuscrito).
[435] Don Enrique de Villena fué nieto del Marqués de Villena, primer Condestable de Castilla, y después Duque de Gandía, hijo del infante don Pedro de Aragón. Tuvo don Enrique por madre a doña Juana, hija bastarda del rey don Enrique III, y trabajó más en las ciencias que en las armas, afición natural que en vano contrariaron sus padres, queriéndole más caballero que letrado. La ignorancia, legislador universal, le trató con desdén; la envidia extendió que el Marqués supo mucho en el cielo y poco en la tierra; la malicia le disfamó con el vulgo y con todas las generaciones: le dió los nombres de estrellero y nigromante, haciendo aprender al vulgo que el Marqués dispuso que le picasen y convirtiesen en jigote y le encerrasen en una redoma para volver a segunda vida. Fué historiador y poeta y murió en Madrid de cincuenta años, a 15 de diciembre de 1434. Depositaron su cuerpo en el convento de San Francisco. (Fernán Pérez de Guzmán, Generaciones y semblanzas, cap. XXVIII).
[436] Dijes, dij ó dije en singular: evangelios, relicarios, chupadores, campanillas y otras bujerías que ponen a los niños en la garganta, etc., para preservarlos de algún mal, divertirlos o adornarlos.
[437] “Sabe, dijo, que no fuí marqués de Villena, que ese título me da la inocencia: llamáronme don Enrique de Villena, fuí infante de Castilla; estudié y escribí”, etc. (El manuscrito). Pertenecióle el marquesado de Villena legítimamente; pero fué desheredado de él, quedando anulado su derecho por el mismo poder que se lo otorgara, aún en vida del agraciado con él, su abuelo don Alfonso de Aragón, disfrutándolo en tiempo de don Enrique dos Infantes de aquel reino. Llamóse él siempre, en son de protesta, de Villena, no usando nunca su apellido, así como su hija doña Isabel, que se llamó de Villena (véase Felipe Benicio Navarro, en su edición del Arte Cisoria).
[438] Con motivo de esta quema bárbara, el bachiller de Cibdarreal escribió al autor de Las Trescientas: “No le bastó a don Enrique de Villena su saber para no morirse, ni tampoco le bastó ser tío del Rey para no ser llamado por encantador. Dos carretas son cargadas de los libros que dejó que al Rey le han traído; e porque diz que son mágicos e de artes non cumplideras de leer, el Rey mandó que a la posada de fray Lope de Barrientos fuesen llevados; e fray Lope, que más se cura de andar del Príncipe que de ser revisor de nigromancias, fizo quemar más de cien libros, que no los vió él más que el Rey de Marroecos, ni más los entiende que el Deán de Cidá Rodrigo; ca son muchos los que en este tiempo se fan dotos faciendo a otros insipientes e magos; e peor es que se fazan beatos faciendo a otros nigromantes”. (Epístola 66). Sabido es que las Cartas de Cibdarreal son apócrifas, pues se escribieron el siglo XVII. El mismo Barrientos, en su Tratado de las especies de adivinanza, dice al tratar del libro mágico del Angel Raziel: “Este libro es aquél que después de la muerte de don Enrique de Villena, tú, como rey christianissimo (era don Juan II), mandaste a mí, tu siervo et fechura, que lo quemasse a vuelta de otros muchos, lo cual yo puse en ejecución en presencia de algunos tus servidores, e puesto que aquéste fué et es de loar, pero por otro respecto en alguna manera es bueno de guardar los dichos libros, tanto que estuviessen en guarda e poder de buenas personas fiables”. La Crónica de D. Juan II dice: “Fr. Lope miró los libros e fizo quemar algunos e los otros quedaron en su poder”.