[504] De un orejón, muy arrugada.
[505] “lámpara” (dice la edición de Barcelona, 1635).
[506] El ab initio et ante saecula, frase del Eccl., 24, 14, para indicar aquí la vejez de la vieja, desde la eternidad.
[507] Cecina, carne curada, por lo vieja.
[508] Dueña se decía siempre en España por oposición a doncella; pero dueña y doncella se comprendía en el nombre general de dama. Con el tiempo, y en el siglo XVII, vino a circunscribirse el nombre de dueña, aplicándose tan sólo a aquellas “luengas y repulgadas tocas, escogidas para autorizar las salas y los estrados de señoras principales”, que tan al revés de lo que debían usaban, según Cervantes, “su ya casi forzoso oficio”. El mismo peregrino ingenio afirmaba que todas son amigas de saber, entender y oler, y general en ellas la costumbre de ser chismosas, llamándolas en El celoso extremeño “perdición de mil recatadas y buenas intenciones”. El pueblo, conforme a la irrecusable autoridad de don Quijote, se burlaba de ellas, comparándolas a la dueña Quintañona, quien fué nada menos que la Hebe de Lanzarote del Lago, puesto que le escanciaba el vino, como canta el popular romance:
“Nunca fuera caballero”, etc.
y la medianera en sus amores con Ginebra. Quintañón, de cien años, como el quintal, cien libras, del muy viejo. Góngora, Dec. burl.: “De un Serafín quintañón | el menor hoy blanco diente”.
[509] Chisme, murmuración, y a ella alude la que sigue, de la frase desenterrarle los huesos, por murmurar, y díjose por la mayor ignominia, que se hacía a los insignes malhechores, muertos sin castigo legal, de desenterrarlos. Cácer., ps. 72: “Les desenterraran los huesos”. Gallo, Job, 30, 4: “Son dientes mordaces, y cuando no hallan corteza de que morder, desentierran las raíces y aun los huesos de sus abuelos para decir que no son virtuosos los que viven”.
[510] Aquel dice: llamen a la dueña, esto es, cualquiera de casa acude a ella.
[511] En los sótanos, guardados y calientes; zaquizamíes, en lo alto y bien aireado.