[255] Henrico Cornelio Agripa, a quien el padre Martín del Río da el nombre de archimago, Paulo Jovio el de portentoso ingenio, Luis Vives el de milagro de todas las ciencias y Gabriel Naudeo compara con Argos; nació en Colonia en 1486 y llegó a hablar ocho idiomas. Secretario del emperador Maximiliano, soldado en Italia bajo las órdenes de Antonio de Leiva, médico y jurista en Francia y España, teólogo en su patria y en Lombardía y libre y atrevido y soberbio en toda Europa, fué médico, historiador y consejero de Príncipes, amigo singular de Cardenales y Obispos, y en todas partes inconstante y malquisto. Escribió diferentes obras, y entre ellas las que más celebridad le dieron, son: De incertitudine et vanitate scientiarum declamatio invectiva, impresa por vez primera en 1527, donde intenta probar no haber nada ni más pernicioso ni de mayor peligro para la vida de los hombres y para la salud de sus almas que las ciencias y las artes. De occulta philosophia libri III, publicada en Amberes, 1531, por la cual se le acusó de mágico y arrojó a una prisión en Bruselas. Aunque sus escritos le confiesan apreciador de Lutero, y Melanchthon, jamás abrazó la religión reformada; bien que es difícil averiguar la religión de un hombre que a diestro y siniestro repartía recetas para hacer sahumerios, hechizos y talismanes. Murió en Grenoble, en un hospital, por los años de 1535.
[256] “harto de demonios, ya que en vida parece que siempre tuvo hambre dellos, muy enojado con Cardano”, etc. (Edic. de Pamplona, 1631).
Juan Trithemio, historiador y teólogo, tomó su apellido de Trittenheim, lugar del electorado de Tréveris, donde nació en 1462. Vistió el hábito de San Benito y por muchos años fué abad del monasterio de Spanhein, y después en Wurtzbourg, donde falleció en 1516. Escribió muchas obras históricas, utilísimas para el conocimiento de la Edad Media; otras muchas espirituales y místicas y otras de filosofía oculta, que dieron al autor fama de hechicero. Estas últimas son: primera, Philosophia naturalis de Geomantia, arte de adivinar por medio de líneas, puntos y figuras trazadas en la tierra; segunda, Tratado de Alquimia; tercera, la Polygraphia, en seis libros. No entiende por este nombre Trithemio una miscelánea de diferentes asuntos o distintos géneros, sino el modo de escribir una misma palabra de varias maneras, para lo cual enseña trece alfabetos nuevos, compuestos de letras tomadas de idiomas extranjeros o de caracteres arbitrarios. Esto contribuyó a perfeccionar y extender, por medio de cifras, las comunicaciones diplomáticas; cuarta, Steganographia, hoc est, ars per occultam scripturam animi sui voluntatem absentibus aperiendi. Las voces inauditas y caprichosas de que está lleno este libro enigmático hicieron creer que era de nigromancia. No contiene otra cosa que secretos ingeniosos de extender cartas, y jamás fué otro el intento de su autor que el de servir con ellos a Felipe, duque de Baviera. Con motivo de lo que dice Quevedo sobre la Polygraphia y Steganographia, el erudito y juicioso Feijóo deduce que ni las vió ni tuvo bastante noticia de estos dos libros de un sabio y ejemplar religioso. El primero de ellos nunca ha ofrecido, ni podido ofrecer a nadie, reparo alguno; mas la Inquisición de España, lo mismo que el autor de Las Zahurdas de Plutón, condenaron sin fundamento el segundo.
[257] Jernimo Cardan o Cardano, médico y geómetra, nació el 1501 en Pavía. Contribuyó mucho a los adelantamientos de las Matemáticas; pero se dejó arrastrar de las extravagancias y locura de los astrólogos y nigromantes. Baste decir que afirmaba tener un demonio asistente, que le inspiraba sus escritos. Formaba horóscopos de todos los personajes de su tiempo, y, cuando los sucesos desmentían sus predicciones, atribuíalo, no a incertidumbre del arte, sino a ignorancia del artista. Murió de setenta y cinco años, y sus dos tratados De subtilitate rerum y De rerum varietate, sobre todo, abrazan el conjunto de sus conocimientos en Física, Metafísica e Historia natural: vivo ejemplo de los errores deplorables en que suelen caer hombres de no vulgar ingenio. Sus obras se imprimieron en 10 volúmenes en folio, Ginebra, 1620.
[258] Julio César Scaligero, del territorio veronés, estudió en Padua la Medicina y las bellas letras. Nombrado médico del Obispo de Agen, se connaturalizó en Francia, donde murió en 1558. Tuvo disputas literarias con Erasmo y Cardano, y, como éste, su espíritu familiar. Fué mediano poeta y el mejor prosista de aquel siglo, obligando con su ejemplo y censura a que observasen los escritores las reglas de la Gramática e hiciesen su estilo más claro y elegante. Su gusto, sin embargo, era pésimo y disparatadas sus opiniones acerca del mérito de los antiguos vates. Conociendo las reglas de crítica, hablando de ellas con acierto, siempre las aplicó desatinado, privándole una severidad caprichosa de estimar y saborear las obras de los grandes maestros. Escribió contra el libro De subtilitate, de Cardano. Increíble parece que prefiriese Virgilio a Homero y a todo lo griego lo latino, con ser una hijuela e imitación todo el arte romano del helénico.
[259] Artefio (Artephius), filósofo hermético, vivía hacia el año 1130, musulmán o judío. Suyos son los tratados siguientes: primero, Clavis majoris sapientiae; segundo, Liber secretus; tercero, De characteribus planetarum, cantu et motibus avium, rerum praeteritarum et futurarum, lapideque philosophico, que es el que refiere Quevedo; cuarto, De vita propaganda, que dice el bueno de Artefio concluyó a la edad de 1025 años; quinto, Speculum speculorum.
[260] Cecco d’Ascoli. Por este nombre es conocido Francisco Stabili, natural de aquella populosa ciudad de la marca de Ancona. La palabra Cecco no es otra cosa que un diminutivo de Francesco. Nació en 1257, y en Bolonia explicó Filosofía y Astrología. Acusado a la Inquisición por hablar mal de la fe, quitóle el Tribunal los títulos de doctor y maestro, prohibióle enseñar y le impuso una multa. Por sustraerse al castigo, refugióse en Florencia, donde los admiradores del Dante y Cavalcanti, ingenios a quienes el Cecco había censurado con torpe saña, uniéndose a los jueces del Santo Oficio, le quemaron como hereje en 1327, a los setenta años de su edad. Absurda y bárbara sentencia, que en vano se busca fundada en el comentario de Stabili, In sphaeram Joannis de Sacrobosco, aun cuando lo coloque Martín del Río entre los escritores supersticiosos, ni en el indigesto poema L’Acerba, baturrillo de física, historia natural, moral, filosofía y visiones astrológicas. Publicaron la primera de estas dos obras los moldes de Basilea en 1485, y la segunda vió la luz en Brescia, sin año de impresión, que es sumamente rara. Quevedo, en vez de Cecco d’Ascoli, dijo en las primeras ediciones Mizaldo. Antonio Mizaldo, monsluciano, gran charlatán, publicó por los años de 1549 y 1551 las obras siguientes: primera, Cometographia: crinitarum stellarum quas mundus nunquam impunè vidit, aliorumqué ignitorum aëris phaenomenorum natura et portenta, duobus libris philosophicè juxta ac astronomicè expediens, París, 1549, en 4.º; segunda, Planetologia, rebus astronomicis, medicis, et philosophicis eruditè referta, Lyon, 1551, en 4.º. En M, F, P: aves; y Misaldo muy triste.
[261] Teofrasto Paracelso, famoso alquimista del siglo XVI, nació en Suiza en 1493. Después de recorrer la mayor parte de Europa y parte del Asia, ejerció la Medicina en Alemania con extraordinaria fama, que se granjeó por su charlatanería. Murió en un Hospital de Saltzburgo (1541), sumido en la pobreza, en edad de cuarenta y ocho años, quien se vanagloriaba de poseer los secretos de trasmutar en oro los metales y de prolongar por muchos siglos la vida.
[262] Ubecherio y Vbequer estampan dos muy antiguos manuscritos de la Biblioteca de las Cortes, que fueron de don Luis de Salazar y Castro: F. 3, L. 31, págs. 107 y 94. Hubequer las impresiones de Ruán, 1629; Pamplona, 1631; Barcelona, 1635; Madrid, 1648. Habequer la de Bruselas, de 1660, y desde entonces todas.
[263] Clavícula de Salomón. El padre Martín del Río, hablando del origen de la magia, dice: “A estos desatinos entrelazan torpemente la autoridad de Salomón, a quien atribuyen cierta Clavícula y otro gran volumen dividido en siete partes, lleno de sacrificios y encantamientos de demonios. Los judíos y alárabes de España dejaban por derecho hereditario a sus sucesores este libro y por él adoraban algunas maravillas y cosas increíbles. La Inquisición entregó a las llamas cuantos ejemplares pudo haber de estas obras, y ojalá ni siquiera uno solo hubiera dejado a vida”. Teófilo Folengo, en la Macaronea, XVIII, dice de ellas: