Y restaban:
—Recibir uno y pagar treinta y dos, no puede ser.
Y todos se hacían el uno y encajaban a los otros en el no puede ser. El señor decía:
—Fuerza es que yo deje uno premiado y treinta y uno quejosos.
Mas, al fin, se determinó, por limpiarse dellos, a que entrasen. Dióse un baño de piedra mármol y revistióse en estatua para mesurarse de audiencia. Embocáronse en manada y rebaño.
Y viendo empezaban a quererle informar en bulla, les dijo:
—El oficio es uno, vosotros muchos: yo deseo dar a uno el oficio y dejaros contentos[340].
Estando diciendo esto, los cogió la hora, y el señor, haciendo a uno[341] la merced, empezó a ensartarlos a todos en futura sucesión de futuras sucesiones perdurables, que nunca se acaban[342]. Los pobres futurados empezaron[343] a desearse la muerte, invocar garrotillos, pleurites, pestes, tabardillos, muertes repentinas, apoplejías, disenterías y puñaladas. Y no habiendo un instante que lo dijo, les parecía a los futuros sucesores que habían vivido ya sus antecesores diez Matusalenes en retahila. Y siendo así que el décimo reculaba en su futura en quinientos años venideros, todos acetaron la posmuerte[344] de su antecedente; sólo el treinta y uno, que halló hecha bien la cuenta, que llegaba su plazo horas con horas con la fin del mundo[345], allende del Antecristo, dijo:
—Yo vengo a poseer entre las cañitas[346] y el fuego. ¡Bien haré yo mi oficio quemado! El día del juicio, ¿quién hará que me paguen mis gajes las calaveras? Por mí, viva muchos años el treinta futuro, que, cuando a él llegue la tanda, estará el mundo dando arcadas[347].
El señor los dejó sobreviviéndose y trasmatándose unos a otros, y se fué podrido de ver que se arrempujaban las edades[348] hacia el saeculum per ignem[349] y que pretendían emparejar con saecula saeculorum. El que pescó el oficio estaba atónito viéndose con tan larga retahila de herederos. Fuese tomándose el pulso y propuniendo de no cenar y guardarse de soles. Los demás se miraban como venenos eslabonados, y, anatematizándose las vidas, se iban levantando achaques, y añadiéndose años, y amenazándose de ataúdes, y zahiriéndose la buena disposición, y enfermando de la salud de sus precedentes y dándose a médicos como a perros.