XXII. Unos hombres, que piden prestado, a imitación del día que pasó para no volver, discípulos de las arañas en cazar la mosca, se estaban en la cama al anochecer, por tener las carnes a letra vista[350]. Habían gastado entre todos, en oblea, tinta y pluma y papel, ocho reales, que habían juntado a escote, y todo lo consumieron en billetes, bacinicas[351] de demanda, con nota rematada y cláusulas de extrema necesidad, “por ser negocio de honra, en que les iba la vida”; con el fiador, de que “se volvería con toda brevedad, que sería echarlos una S y un clavo[352]”. Y por si faltaba el dinero, remataban con la plegaria, que es las mil y quinientas[353] de la bribia[354], diciendo que, si no se hallasen con algún contante, se sirviesen de enviar una prenda, que los buscarían sobre ella[355], y se guardaría como los ojos de la cara, con su contera[356] de que: “Perdone el atrevimiento”, y “que no se avergonzaran a otra persona”. Habían, pues, flechado cien papeles déstos, rociando de estafa todo el lugar[357]. Llevábalos un compañero panza al trote[358], insigne clamista[359], que, con una barba de cola de pescado y una capa larga, pintaba en[360] platicante de médico. Quedó el nido de emprestillones[361] haciendo la cuenta de cuánto dinero traería, y sobre si serían seiscientos o cuatrocientos reales, armaron una zalagarda del diablo[362]. Llegaron a reñir y a desmentirse[363] sobre lo que se había de hacer de lo que pillasen. Y tanto se enfurecieron, que saltaron de las camas, con tal dieta de camisas las partes bajas, que era más fácil darse de azotes que de sopapos. Entró en este punto la estafeta de los enredos, con tufo de “no hay, no tengo, Dios los provea”. Traía las dos manos descubiertas, sin codo manco: señal de desembarazo. Víanse las dos barajas de billetes. Quedáronse transidos viendo que su fábrica pintaba en solas respuestas de retorno, y con prosa falida de voz[364], dijeron:

—¿Qué tenemos?

—Que no tienen—respondió el sacatrapos[365]—; entreténganse vustedes en leer, ya que no pueden contar.

Empezaron a abrir billetes. El primero decía:

“No he sentido en mi vida cosa tanta como no poder servir a vuesa merced con esta niñería”.

—Pues socorriérame y lo sintiera más.

El segundo:

“Señor mío: si ayer recibiera su papel de vuesa merced, le pudiera servir con mil gustos”.

—¡Válgate el diablo por ayer, que te andas cada día tras los embestidores!

El tercero: