[287] Andar a daca y toma, en dares y tomares. Corr., 505: “A daca y toma. (Andar a trocar; trueco de muchachos, que no se fían, y truecan dando y tomando; dícese de los interesados y desconfiados en tratar siempre con resguardo.)” Tomarse del vino, emborracharse.
[288] “patio de palacio.” (Edic. de Zaragoza, y de allí todas).
[289] “con otros sobre cuál llegaría primero, nevaron”. (Edic. de Zaragoza, y de allí todas).
[290] Cartapel, escrito largo para fijar bandos y edictos y cualquier papel grande de mucha letra muy metida.
[291] Recuérdense los impertinentes advertimientos al Príncipe que de aquellas calendas se ven impresos; téngase en cuenta el fin principal y de importancia suma a que tiraba el castellano Lipsio; no se pierda jamás de vista que le era forzoso remedar y traducir aquí los desatinos de los áulicos y curanderos políticos, y entonces no nos parecerán menos ridículos e ingeniosos que los que había dejado por modelos el rey de los escritores españoles: los arbitristas de Dinamarca. Por lo bien dibujados, rivalizan con don Quijote, deseando aconsejen al Monarca junte en la Corte, y en un día señalado, a cuantos caballeros andantes vayan por la Península, que tal podría venir entre ellos que sólo bastase a destruir toda la potestad del turco. En lo extravagante se igualan casi al arbitrista del Hospital de la Resurrección, en Valladolid, proponiendo se mande a todos los vasallos de Su Majestad ayunar una vez en el mes a pan y agua, reduciendo a dinero el gasto de aquel día para que, con provecho de sus cuerpos y de sus almas, tuviesen el lauro de desempeñar en veinte años las cargas del Tesoro: ocurrencias felicísimas y muy difíciles de superar. El autor de El Diablo cojuelo queda muy inferior a Cervantes y Quevedo burlándose de estos abejarucos políticos. Los arbitristas no fueron una plaga del reinado de los Felipes: abundaron en todos los siglos.
[292] Corr., 510: “Alza, Dios, tu ira. (Dícese de una persona, cuando se refiere que se enojó mucho; dando a entender que se arrebató demasiado.)” Sobre em-borr-ull-arse, en Cejador, Tesoro, B.
[293] Barbulla, posv. de barbull-ar, bullicio, parloteo. Guevara, Men. Corte, 12: “Son tantas las barbullas, tráfagos y mentiras”.
[294] “como hideputas”. (Las impresiones de Zaragoza y siguientes).
[295] “1634, miércoles 29 de noviembre.—Por descuido de unos mozos se encendió el fuego en lo accesorio de las caballerizas del Rey, y, sin poderlo remediar, se quemaron cuarenta y dos caballos de coches, con la casa en que estaban, que es distante de la principal de los caballos regalados.
“1640.—Por Carnestolendas se prendió fuego en el cuarto principal del Retiro, que cae hacia San Jerónimo, y, sin poderlo remediar, se quemó mucho, con dos torres principales y la mayor parte del cuarto que mira a Madrid, y por librar las alhajas, que eran entonces muy ricas, se quebraron y maltrataron muchas y de mucho precio. Volvióse a reformar todo con diligencia. El pueblo, que de accidentes saca conjeturas, juntó los tres de estos años, diciendo que en el uno había dado en agua; en el otro, en aire, y en éste, en fuego; que sólo faltaba que diese en tierra, y que así dió con la caída del Conde-Duque, que presto sucedió. Fué el daño de medio millón. Reparóse tan presto, que por pascua de Resurrección estaba acabado”. (León Pinelo, Historia de Madrid, Ms.).