Pero, en fin, le hemos sustituido con el maiz, cereal que el jíbaro podría consumir en más cantidad, desechando la preocupación de que es caliente. El maiz, en cantidad proporcionada, sano y bien maduro, no puede ocasionar perjuicios á la salud, sobre todo no constituyendo un alimento exclusivo.
En la ración que venimos analizando hemos mezclado verduras y legumbres, abrazando en estos nombres todas esas sustancias que el jíbaro tiene tan á mano en nuestros campos—plátanos, ñames, papas, habas, castañas, etc.,—y haciendo un cálculo aproximado de su composición. Como complemento á la ración, añádase alguna fruta y un poco de café con leche, que es una excelente bebida; bajo tal régimen, no dudamos que el campesino puertorriqueño cambiaría de aspecto.
Seguramente que alguien habrá sonreído con desconsuelo cuando hemos dicho que el jíbaro podrá cultivar en un huertecillo alrededor de su casa muchas de las sustancias que hemos indicado, así como criar el cerdo, etc., y habrá pensado: "todo eso que no entra en los hábitos del campesino, es imposible que lo adopte, porque las contribuciones acabarían con él." Por desgracia tenemos que tomar en cuenta esa circunstancia; desearíamos ver desaparecer toda contribución sobre esa clase de productos, á no ser que fuese tan leve que en nada aminorase la buena voluntad del campesino. Estamos perfectamente de acuerdo con el Dr. García Ponce, cuando en el ántes citado trabajo dice: "Suben á tal punto las cargas que pesan sobre la Agricultura, la heredad y la Industria, que no sólo matan á ésta y al estímulo del trabajo, sino que aniquilan á la sociedad. Si no es posible gobernar sin contribuciones, con tantas puede llegar el dia en que no haya á quien gobernar. La Nación debe enriquecerse con las economías del Tesoro, y no con las cargas del contribuyente que necesita del fruto de su trabajo para la conservación de su vida y salud, fuente de riqueza y poderío de los pueblos."
Estúdiese con deseo de acierto por la Administración este asunto, y se verá cómo es posible descargar de ciertas contribuciones al pobre labrador. El catastro, hecho debidamente, acaso descubriría riqueza imponible suficiente para sustituir la tributación que gravita sobre los infelices que no pueden mantener fuera del alcance del ojo fiscal su escasa propiedad.
Con el auxilio del gobierno, como hemos dicho, y muy especialmente con el impulso de la enseñanza, el problema de la regeneración de la familia rural borinqueña no parece tan difícil de resolver. La instrucción del campesino, elevándole en el concepto de sí propio, le predispondrá á adoptar mejores costumbres, y la higiene le enseñará que debe ser sóbrio en las bebidas alcohólicas y aún desechar aquellas cuya pureza no esté garantida, porque en la cuestión del alcohol no sólo hay que temer los excesos, sino también la calidad de la bebida.
En el aprendizaje de la higiene encontrará que los placeres del amor deben ser satisfechos sin desenfreno, y comprenderá que las uniones entre parientes son disparates en perjuicio de la prole, que á menudo nace enferma; la consanguinidad, que no es un obstáculo en nuestros campos para las uniones legítimas é ilegítimas, es sin duda alguna un mal grave que nos importa cortar, por el bien de la descendencia.
Todo esto, bien lo sabemos, es obra larga; pero no nos desanimemos para caer en el mismo vicio que criticamos en el campesino, en esa imprevisión y egoísmo que le inducen á no sembrar lo que no pueda él mismo cosechar y pronto; sembremos y que recojan las generaciones venideras.
La gimnasia en la escuela es necesaria para la obra que aconsejamos; el profesor, sin ser gimnasta, puede á poca costa hacer que sus discípulos se desarrollen física á la par que intelectualmente. Aparte de esto, los ayuntamientos podrían instituir certámenes públicos de gimnasia, como se verifican exámenes para conocer el adelanto intelectual de los niños, y también asignar premios á la familia jíbara que presentase niños más robustos y sanos.
La propagación de la vacuna para alejar las epidemias de viruela; la construcción de canales, los desagües, las plantaciones de árboles, la desecación de los pantanos para acabar con el paludismo. Una legislación sanitaria, de que hoy carecemos, para evitar los desastres de la alimentación malsana, y que protegiese á los jíbaros contra la codicia de los mercaderes poco escrupulosos en vender comestibles capaces de alterar la salud.
Reglamentar las industrias mal sanas, sujetando á un plan higiénico la construcción de mataderos, hospitales, cementerios, etc.; regular el uso de las corrientes de agua; dar protección á los niños, hé aquí una série de medidas que son un deber de toda sabia administración.