Higiene y medidas de protección administrativa; instrucción y estímulo por medio de recompensas; tal es el modo de llegar á algo positivo. No pedimos una obra de titanes, es sencillamente un plan racional que al cabo ha de traducirse en beneficio para el mismo gobierno que recogerá el fruto, en el aumento de la producción imponible, que necesariamente debe seguir á la robustez y salud de los productores; pero aunque la obra fuese más árdua no desistiríamos de pedir que se llevase á cabo en bien de una sociedad que está pidiendo reformas para ostentarse tal como debe ser. ¿Exige algún sacrificio el agregar á la enseñanza el aprendizaje de la higiene? ¿Acaso el aumento de escuelas no coincide en las naciones cultas con su engrandecimiento? La protección de una clase ignorante, ¿no es un deber administrativo? Los premios, las obras de saneamiento del suelo, la gimnasia, ¿consumirán de peor manera el dinero que otras obras que se emprenden cada dia sin justificada utilidad?

Los remedios que hemos propuesto bajo una forma elemental no son difíciles de llevar á la práctica; si no se continúa esperando el remedio del cielo y se empieza la obra, los resultados no tardarán tanto en obtenerse como podríamos figurarnos. Decididamente ya es tiempo de pensar en el mejoramiento de una clase importante de la sociedad puertorriqueña, y dejar de lado las lamentaciones y recriminaciones inútiles que no mejoran nada y acaso culpan indirectamente á algunos de los que más descontentos se muestran con la decadencia de un hombre inculto, que hasta aquí ha vivido sin otra guía que su propio instinto.


CONDICIONES INTELECTUALES.

Si en todas partes deja que desear el desarrollo intelectual del campesino, en Puerto Rico este mal es de una evidencia desconsoladora. Bien es cierto que ha habido bastantes motivos para explicarnos el atraso que deploramos, atraso que no es más que el resultado lógico de la lentitud con que se realiza el progreso general del país; pues como ha dicho acertadamente el Sr. Don José R. Abad, en su Memoria acerca de la Feria-exposición de Ponce, "la historia de la Agricultura es la historia de la Civilización; los progresos de ésta determinan los progresos de aquella y cada nuevo misterio de la fuerza de la naturaleza, arrancado á los arcanos de lo desconocido por el ingenio del hombre, ha sido una nueva conquista al servicio de su bienestar social."

Ahora bien, es indudable que la cultura de Puerto Rico se ha verificado muy pausadamente; el desarrollo de la agricultura ha debido guardar, y así ha sido en efecto, una perfecta relación con este tardo incremento de los demás principios civilizadores. Mas el atraso del arte de cultivar la tierra no es sino una consecuencia de la deficiencia intelectual de los agricultores, por lo cual no es un absurdo deducir de aquél el poco camino que en la senda de su ilustración ha recorrido el grupo que venimos estudiando.

Al jíbaro hay que asignarle papel esencialísimo en los adelantos agrícolas, porque es innegable que el esfuerzo del hombre de mejor voluntad y más versado en los conocimientos agronómicos fracasa si al llevarlos á la práctica se encuentra con brazos inútiles por su impericia, ó, lo que es peor, rebeldes á todo lo que no sea rutinario.

En el exámen que emprendemos es, por tanto, acertado investigar las prácticas agrícolas del bracero desde los tiempos cercanos á la conquista, y compararlas con las que actualmente ha adoptado.

Al escudriñar en la historia la marcha que la agricultura ha seguido en nuestro país, nos encontramos huellas verdaderamente asombrosas. En el siglo pasado, el ilustre Fray Íñigo Abad, autor de la Historia de Puerto Rico, decía en el capítulo titulado Estado de la Agricultura de esta Isla: "La Agricultura, que es la primera de las artes y la verdadera riqueza de un Estado, está muy en los principios en esta Isla. Por la mayor parte se reduce al cultivo, de las legumbres y frutos de primera necesidad, sin ofrecer al comercio objeto digno de atención.