"Apenas conocen instrumento, ni medio útil para ejercerla. Con una hacha, ó más regularmente con fuego, baten los árboles. Un sable, que llaman machete, acaba de desmontar la maleza, y limpiar la tierra; con la punta del sable, ó de un palo hacen pequeños hoyos ó surcos, en donde ponen la planta del tabaco, café, arroz, cazabe, plátanos, maiz, frixoles, batatas ú otras legumbres que son los objetos de sus cosechas, á los que dedican solamente algunos pedazos de las tierras llanas."
Como lo hace notar el comentador de Fray Íñigo, el erudito Sr. Acosta, en esa época todavía el labrador puertorriqueño no conocía el arado. Servíase de igual instrumento que los salvajes errantes australianos usan, según Tylor, para plantar y desenterrar las raices comestibles, ó sea de un palo puntiagudo; utensilio de labranza tan primitivo que se han encontrado de él algunos ejemplares pertenecientes á los primeros pobladores del mundo americano. Desconocer el arado en el siglo diez y ocho es casi inconcebible en un pueblo civilizado; siendo así, que en el valle del Nilo fué ya conocido, siquiera fuese rudimentario, ese beneficioso útil de labranza, perfeccionado algo por los romanos y que después de sucesivas evoluciones ha llegado en nuestros dias á adquirir un grado de perfección notable, gracias á las aplicaciones que el descubrimiento del vapor ha permitido hacer.
Por fortuna al comienzo de este siglo se inicia el progreso del cultivo de la tierra borinqueña, á beneficio, según explica el Sr. Acosta, de la supresión de algunas absurdas disposiciones como la relativa al abasto forzado de carne; por virtud de la sabia administración del nunca bastante alabado Don Alejandro Ramirez, y á merced de la cédula de 15 de Agosto de 1815, que favoreció la inmigración en el país de gente entendida en las prácticas agrícolas.
Esto no obstante, el adelanto es poco notable, comparado con el florecimiento que en otras partes ostenta la agricultura; es grande tal vez teniendo presente los tiempos á que hemos hecho alusión, pero no lo es para la época que alcanzamos. Corroborada está nuestra afirmación por persona tan competente como el Sr. Abad, quien dice refiriéndose al concurso verificado en Ponce en época recientísima: La exhibición de plátanos, frutos, semillas y granos comprendida en la sección cuarta, adoleció de todos los defectos inherentes y propios de una agricultura rudimentaria. Como se puede deducir de esta apreciación la senda del progreso apénas ha sido hollada sino muy tímidamente por nuestro campesino; y así es la verdad. Veamos si no, ¿qué perfección han alcanzado sus utensilios de labranza? ¿qué conocimientos tiene acerca de las formas de cultivo? ¿qué aprecio hace del empleo de los abonos y de sus clases? ¿qué sabe ó procura saber de las condiciones de los animales que le son útiles? ¿qué sabe de la selección, del cruzamiento, de la influencia del establo en la crianza? ¿qué conoce de la diversa aptitud de las tierras laborables? ¿qué del influjo que las circunstancias meteorológicas del país determinan en su agricultura? ¿qué de los fecundos resultados que reporta la armonía entre la producción animal y la vegetal? En una palabra: salvo lo rutinario, ¿qué alcanza de cuanto la ciencia agrícola enseña, siquiera sea elemental, y por serlo se halle vulgarizado entre los labriegos de otros países?
Hay que confesarlo con dolor; muy pobre es, sin duda, el caudal de experiencia del jíbaro en lo que toca á este particular, pobreza que no por ser motivada es ménos sensible, en una época como la presente en que el movimiento científico ha dado á la agricultura leyes naturales que la han hecho engrandecer. Tal deficiencia resalta evidentemente cuando comparamos los elementos de que se vale para verificar su labor el campesino puertorriqueño, con los que tiene á su disposición el labriego norteamericano, por ejemplo. Mientras que el yankee tala, ara, siembra y recolecta, utilizando para ejecutar todas estas operaciones instrumentos perfeccionados, á beneficio de los cuales realiza su trabajo, hasta con cierta comodidad, el jíbaro, rutinero en sus prácticas y desconocedor de otros aperos que los primitivos, se fatiga en faenas que á aquél le son fáciles; y no es sólo que el labrador de Puerto Rico necesite producir mayor cantidad de trabajo muscular y que gaste más tiempo en sus faenas, sino que á la postre los productos con que la tierra corresponde á sus afanes, acaso no resistan la competencia de la producción norteamericana, obtenida—gracias al empleo hábil de máquinas y de buenos instrumentos de mano—con ménos costo. Así se explica que nuestra isla pague tributo á otros países comprándoles frutos como maiz, arroz, patatas y otros que la tierra borinqueña puede producir en cantidad suficiente para anularlos de la importación, y que al labrador le sería dado cosechar con beneficio positivo de sus intereses, decidiéndose á pisar nuevas sendas en el cultivo de sus campos.
Que el bienestar del país depende en gran parte de la prosperidad de su agricultura, es una tésis que no ha menester demostración. Preciso es, pues, tratar de que la producción agrícola reporte utilidades ciertas, en cuanto sea posible; y para conseguirlo, además de huir de todo cuanto por deficiente en la práctica pueda disminuir lo producible, conviene facilitar al jornalero agrícola su trabajo, con arreglo á los buenos principios de economía rural: que en parte alguna como en la zona tórrida y concretándonos á nuestros intereses, en Puerto Rico—dada la pobreza física que hemos advertido en una buena parte de la población rural,—es conveniente ahorrar esfuerzos musculares excesivos al hombre, para que, haciéndole ménos fatigosas las operaciones de la labranza, pueda ejecutarlas sin que le atemorice lo rudo de las labores que por necesidad han de practicarse bajo la acción de este sol tropical de una esplendidez que embriaga el alma, pero que á la vez enerva el cuerpo.
No es indiferente pedir en este clima al jornalero, más ó ménos horas de trabajo, ni que lo ejecute suave ó rudamente; arar ó sembrar utilizando el vapor ó la fuerza animal, con instrumentos perfeccionados, exije ménos cantidad de trabajo personal que el hacerlo como en los tiempos primitivos, teniendo que ir poco á poco para abrir un imperfecto surco y depositar en él la semilla; pero la desventaja resalta más, considerando que la temperatura habitual de nuestro suelo no permite un desarrollo considerable de fuerzas, continuado por muchas horas, sin perjuicio para la salud; de modo que, instintivamente, el hombre siente aquí repugnancia por los trabajos muy fuertes. Añádase á esto la miseria orgánica del jíbaro, ya indicada, y desde luego apreciaremos la importancia que tiene para la riqueza agrícola el que sus brazos utilicen los ventajosos sistemas é instrumentos que la civilización nos ha proporcionado.
Pero nuestro labriego no se halla preparado ni aun para poder darse cuenta de la utilidad de los procedimientos modernos. No es culpa suya; mas por desgracia es así. Al estudiar las clases jornaleras puertorriqueñas, uno de los observadores más conspícuos de nuestras costumbres, Don Salvador Brau, dice:
"El jornalero labrador ignora las teorías más rudimentarias de la ciencia agronómica; las diferentes fases de la luna y los periódicos movimientos de las mareas constituyen para él, como para casi todos los pequeños propietarios rurales, el texto sagrado de sus doctrinas.
"Con arrojar la semilla en un surco apénas abierto por un grosero arado, digno de figurar en un museo de curiosidades prehistóricas, cree, por lo común, el labriego de nuestra tierra, haber practicado, casi completamente, cuanto cabe practicar en materia de agricultura. Las fuerzas de la naturaleza se encargarán de lo demás."