Nuestro General mandòles sentar, y que les dieran refrescos. Significòles la piedad, gratitud y amor con que el Rey su Amo y Sr. natural, estaba empeñado en buscarles por todos medios su bien y alivio, deseoso de que se reunieran al gremio del catolicismo, para cuyo fin generoso habia franqueado sus reales arcas; y que si posible le fuera buscarlos en persona lo haria, segun el amor y caridad con que los miraba, ampliándoles todas las leyes à su favor, y llenándolos de privilegios, sin otro mérito que ser conversos, pobres, míseros y desvalidos, hasta colocarlos bajo su real proteccion y patronato: y por no poder emprender estas empresas personalmente, las confiaba á sus Ministros. Oyeron todo con grande atencion, y luego respondieron estar ciertos de todo, sin embargo de que lo contrario les habian informado, á lo que no habian querido dar crédito.
Concluida la oracion, pidieron que gustarian de ver hacer el ejercicio de armas, y mandó S. S. se hiciera sin fuego. Mandólo el sargento Losada, Guarda Mayor de almacenes, y efectuado integramente con todos sus movimientos, conversiones y evoluciones, quedaron estos como pasmados de verle: con lo que mandò S. S. se retirasen á descansar y acomodar sus bestias, y luego se les proveyò de carne y bizcocho para que cenáran. Por la noche para divertirlos se dispusieron varios fuegos y dansas, que efectuaron los partidarios con grande gusto y complacencia de todos: y concluido à la retreta, se recogieron à dormir, celebrando nuestro General la satisfaccion con que los indios asistieron á la diversion.
(3 leguas.) El 5, como á las 9 del dia, celebròse el santo sacrificio de la misa en honor de Nuestra Señora de las Nieves, dia en que tambien los hijos de Salta veneran el prodigioso milagro de las lágrimas. Salimos de los Algarrobos, y venimos à parar en una ensenada sobre el mismo rio, donde habia una rancheria despoblada, distante tres leguas de la pasada, y aquì estaban alojados D. Juan Zea, y Burgueño con algunas cargas, mulas y caballos: y como sacasen el respetable cadáver del R. P. Sena, se le cantò un responso por el Sr. Arcediano y P. Capellan, acomodando los huesos para darles competente urna. Y deseando nuestro General elegir sitio para el destacamento y poblaciones, se pasó en consorcio de los caciques, de su Ayudante Sardina y del Capitan de Migueletes, D. Juan José Acevedo, á Lacangayé: y habiendo encontrado lugar aparente y de comun consenso de los indios, se regresó à nuestro real, y el dia de mañana pasaremos al lugar prefijo con el favor divino.
(1 legua.) El 6, despues de haber celebrado el Sr. Arcediano y el P. Lapa, que aplicò el sufragio por el finado P. Sena, salimos de esta ensenada como à las 12 del dia, y vinimos á parar en Lacangayé, ó Canaganayé, que en idioma Mocobí dice Tragadora de gentes, por la sumersion que cuentan hubo muchos años há en estas inmediaciones, pereciendo sepultados muchos indios de ámbos sexos que ocupaban una numerosa rancheria. Antes de llegar al lugar prefijo, encontramos grabada en un algarrobo, con letras claras, una inscripcion, que dice: Julio á 25, año de 1774. † Aquí estuvo en este lugar el Sr. Gobernador del Tucuman Matorras, con 196 hombres, y el Comandante D. Francisco Gavino Arias. Llegamos al lugar destinado, que dista del pasado tren como una legua, sin novedad considerable: de que damos incesantemente las gracias al Dios de los Egércitos, y pedimos nos acompañe, y aliente hasta la perfeccion de tan piadosa obra.
El 7 compareció en nuestro real el cacique Keyabirí con algunos indios de su nacion, y despues de haberles parlamentado S. S. por los interpretes, acerca de hallarse pronto à erigir la capilla y reduccion, respondiò este y los suyos, prestando su consenso, pero con alguna tibieza, siendo el motivo de esta inquietud, la guerra que estos actualmente mantienen con los Abipones. Imaginando nuestro General ser estos efectos de la genial veleidad de estos bárbaros, les significò con energia y resolucion, que si acaso no eran gustosos nada habia perdido: que S. S. solo venia mandado de sus superiores á cumplirles la promesa, porque viesen que el español siempre guardaba su palabra sin los resabios y novedades que ellos; y que se volveria con la misma facilidad con que habia venido, y que solo sentiria su perdicion, y el tiempo inutilmente gastado en buscarlos, con tanto costo y dispendio del real haber.
Oyeron ellos esta relacion con grande atencion y no sin fruto; porque entonces, corriendo el velo á sus cautelosos resabios, digeron que no habria novedad, y que S. S. empezase su labor cuando gustase: que si ellos callaban en muchas cosas, era porque de genio son taciturnos, y que todavia no habian perdido el miedo al español, y que poco á poco se irian entregado conforme les fuesen tratando y comunicando. Mostró S. S. quedar satisfecho de ellos, y les mandó tragesen sin recelo sus familias para vestirlos y darles raciones de carne: y al punto mandò poner una camisa al cacique, un uniforme y calzones; diósele sombrero y cuchillo, con otras gratificaciones para que llevára á la muger, y les mandó matar dos reses. Vistíose á los demas, dandoles chupa, camisa, calzon, cuchillo y sombrero: con lo que se fueron á traer sus familias.
El 8, à las 5 de la tarde, cayó de la esfera un globo igneo que causò un terrible estruendo y consternacion en los indios, cuyo estallido todos percibimos, y algunos le vieron caer en una laguna fétida y sulfúrea, que dista de nuestro real como seis leguas.
El mismo dia vino el cacique Lachequitin con los principales de su rancheria; con quienes se practicò igual diligencia que con los referidos, y tras estos vino un cristiano, natural de Salta, que se apellida Ibacachi, de madura edad, cuyo nombre aun el mismo ignora, por haberlo cautivado muy pequeño. Vive enteramente connaturalizado con los gentiles, y està casado con una india Mocobí: tiene en ella algunos hijos, y enteramente olvidado del castellano, solo habla Mocobí; y conociendo en nuestra marcha algunos parientes suyos, los ha mirado con mucho cariño. Tratòle S. S. acerca de la reduccion, y está muy gustoso en recibirla y hacer cristianos à los suyos: habiendo gastado todo este dia los partidarios en fabricar su cuartel, y vestir las indias y pàrvulos de àmbos sexos.
Por la noche vino el indio Agustin Toba, de quien antes dijimos se adelantó con el P. Lapa, y habiendo corrido hasta el Rio Pilcomayo, trajo la noticia de que por el dia 8 ò 9 de este mes, estarian con nosotros los caciques de su nacion, con los principales indios, à tratar de su reduccion que la deseaban sin novedad. A cuyo fin se le dejó venir, trayéndolo el Sr. Arcediano de su reduccion de Ledesma para este fin, como instrumento proporcionado: y efectivamente ha correspondido al concepto de su conducta.
A todo esto es digna de notarse la fineza del cacique Lachequitin, anciano Mocobí, el cual desde que salió à toparnos en el Real de los Correntinos hasta hoy, nos acompaña con mucha fineza y cariño: siendo al mismo tiempo grave y circunspecto, tan hallado con los españoles, que, abandonando su casa è hijos, no se separa de nuestro real, y cuando lo hace, pide venia à nuestro General, y tan pronto como vá se vuelve. Por lo que presumimos sea este uno de los escogidos, entre tantos llamados à nuestra Santa Fè: y cuando se le avisa de las novedades de los suyos, satisface, diciendo que no les hagan caso, que como muchachos son unos locos y bandoleros, pero que èl los ha de reducir: con lo que tenemos en este indio no pequeña columna para el intento.