Luego tampoco sabes los principios, de los cuales se ignora cuántos son, aunque las cosas sean finitas.

Ni se tendrá jamás estabilidad en los principios; pues los principios del hombre son los elementos; de los cuales surgen materia y forma; y de esta materia y esta forma otras más simples.

Lo mismo del león, del asno, del oso; y así infinitamente.

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Y de las formas no hay duda que en el infinito serán infinitas. Mas es necesario preconizar los principios.

Dirás que los elementos no son principios, de lo cual se hablará después. Y aun que no habrá principios, pues de lo infinito no hay principio...

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Pero sean finitas las cosas: no por eso sabrás más. Pues ni siquiera conociste el primer principio necesarísimo de todas las cosas; por lo cual tampoco lo demás que se deriva de él. Nada, pues, sabemos.

Después, entre las cosas, unas son de sí como principio, de sí como sustancia, en sí, por sí y únicamente para sí (séame lícito hablar de esta manera), como la que llaman los filósofos primera causa, y los nuestros Dios; y todas las demás de éste, no de sí como principio, no de sí como sustancia, no en sí, no por sí, no para sí solas ni por causa de sí, sino que unas se originan de otras, otras se constituyen de otras, otras están en otras, otras son por otras. Y todas ellas es necesario conocerlas.

Mas, a Dios ¿quién le conoció perfectamente? «No me verá el hombre y vivirá». Por consiguiente, sólo fué lícito a Moisés verle por segundas causas; es decir, por sus obras. De donde dijo San Pablo: las cosas invisibles de Dios se ven por lo que ha sido hecho, entendiéndolo.