Y así es menester también conocer cuáles son las cosas que causan y el cómo, para que sepamos el qué perfectamente.

Y hay tal encadenamiento en todas las cosas, que ninguna es tan ociosa que no aproveche o dañe a otra; y aun una misma tiene por destino dañar a muchas y ayudar a muchas.

Luego es necesario conocerlas todas para el perfecto conocimiento de una sola. Mas esto, ¿quién lo puede alcanzar? Jamás lo vi.

Y por esta misma razón unas ciencias prestan ayuda a otras, y cada una contribuye al conocimiento de las demás.

A tal punto que ninguna puede saberse perfectamente sin las otras; y, por ende, éstas son obligadas a corroborar a aquéllas. Y los sujetos de todas hanse también de tal manera, que el uno depende mutuamente del otro y también cada uno hace mutuamente a los demás.

De donde se sigue nuevamente que nada se sabe. Pues ¿quién conoce todas las ciencias?

Casos prácticos.

Traeré un ejemplo breve para que no quede esto sin prueba. Bastará del hombre.

Éste odia al basilisco; pues cuéntase que el basilisco muere por la saliva del hombre ayuno; el basilisco al hombre y a la comadreja, la cual sola dícese que lo mata; la comadreja al basilisco y al ratón; el ratón a la comadreja y al gato; el gato al ratón y al perro; el perro al gato y al conejo; el conejo al perro y al hurón. Y basta de antipatías.

Además, el hombre no se mantiene y deleita de cualquier manjar, sino del buey, del carnero, etc. Éstos no de cualquier cosa que se les ofrece, sino de heno, paja, avena, que no se crían en cualquier tierra, sino en una determinada; y esta tierra no lo produce todo, sino un fruto peculiar a lo que contribuye mucho este o el otro cielo. Baste aquí de las simpatías.