El sentido nada conoce, nada juzga; sólo recibe lo que ofrezca a la mente que ha de conocer. Del mismo modo que el aire no ve los colores ni la luz, aunque los reciba para ofrecerlos a la vista.

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Sin embargo, tres son las cosas que son conocidas por la mente de diverso modo.

Unas son totalmente externas sin la menor acción de la mente.

Otras totalmente internas, de las cuales algunas son sin acción de la mente, y otras no del todo sin esta acción.

Otras, en parte externas, en parte internas.

Finalmente, aquéllas se dan por los sentidos: las segundas, de ningún modo por éstos, sino inmediatamente por sí; las últimas, por fin, parte por ellos, parte por sí.

Expliquemos todo esto.

El color, el sonido, el calor, no pueden ofrecerse por sí a la mente, para que los conozca, si no imprimen la imagen de sí (aceptemos ahora que se hace la sensación por la recepción de las especies) a un órgano apto para recibirla, la cual imagen u otra parecida se ofrece a la mente para que la conozca o conozca la cosa de la cual es ella especie, mediante ella.

Mas lo que es obra exclusiva del entendimiento, la que es hija suya y está dentro de nosotros, no se muestra al entendimiento por otras especies sino por sí misma. Tales son muchas cosas que él se finge; como también cuando excogita algo nuevo y lo concluye con muchos discursos, cuando entiende él su intelección, y cuando hace conjunciones, divisiones, comparaciones, predicaciones y nociones, y aplicando el ánimo a ellas, las conoce por sí mismas. Y son del segundo género todas las cosas internas idénticas con el entendimiento, las cuales, no obstante, se hacen o son sin su acción; como la voluntad, la memoria, el apetito, la ira, el miedo y las demás pasiones y cuanto hay interno, lo cual es conocido por el mismo entendimiento, inmediatamente por sí.