En éstos hay dos medios, a veces tres o cuatro: pero siempre dos, por los cuales se produce la sensación, ya se haga ella internamente, ya por transmisión (no nos detenga ahora esto). El uso interno, el ojo; el otro externo, el aire. ¿Conócese por ellos alguna cosa? De ningún modo. Pues lo que debe conocerse perfectamente no debe conocerse por otro, sino por el mismo cognoscente, por sí mismo inmediatamente.
Mas ahora la substancia de las cosas se muestra mediante los accidentes que se perciben por los sentidos o, al contrario, escóndese a ellos.
La mente infórmase de la substancia de las cosas por los falaces sentidos o, de otra suerte, es engañada. ¿Cómo, pues, podemos saber algo perfectamente? Y la ciencia debe ser de las substancias de las cosas...
Pues de los accidentes ¿puede haber perfecto conocimiento? Menos todavía. Por un lado ayudan, a saber, porque son percibidos por los sentidos; por muchos lados perjudican, a saber, porque los mismos accidentes no llegan a nosotros, sino tan sólo sus imágenes y, finalmente, porque engañan muchas veces al sentido.
Esto por la variedad del medio, tanto externo como interno, en la substancia, sitio y disposición.
Baste hablar de uno de los sentidos.
Por ejemplo, de la vista.
La cual aunque se haga por órgano perfectísimo y sea el más cierto y nobilísimo de los sentidos, no obstante, muchas veces se engaña.
El medio externo suele ser vario; por consiguiente, impresiona al sentido variamente. El aire parece que presenta mejor las cosas comunes, pues aparece exento de todo color; el agua las representa de otra manera. Esto las cosas naturales.
Las muchas cosas artificiales, como el vidrio, el cuerno en láminas, el cristal y otras cosas parecidas, de otro modo.