El agua del mar en gran volumen se ve azul y lo que debajo de ella está se ve del mismo color; pero en pequeña cantidad, blanca.
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La situación varia de la cosa suele también variar el sentido. Lo mismo del medio. Esto es manifiesto en las lentes; si aplicas el ojo te presentan el objeto de otro modo que si lo apartas algo.
En el aire lo mismo. El astro en su perigeo aparece igual, oblongo, quieto, pequeño, rojo; en su apogeo redondo, radiante por doquiera y desigual, destellante y móvil (de donde tomó Aristóteles su demostración para probar que los planetas están cerca de nosotros, porque no destellan), grande, claro y sin color.
Los que están lejos aparecen obscuros, pequeños; los demasiado próximos, o no se ven o de otro modo que son.
¿Qué hacer? Atenerse al medio. ¿Dónde está aquel medio? ¿Es a dos pasos o a alguna distancia determinada?
El que está lejos de nosotros, aunque corra muy aprisa, sin embargo, parece que se mueve muy lentamente; principalmente si lo miras desde abajo, viniendo de lo alto, o al revés.
Lo que se hace muy despacio escapa al sentido; como el movimiento de las agujas en el reloj.
¿Cómo juzgar con certidumbre?
De ahí surge perpetua duda de la magnitud de las estrellas, callando lo de la distancia, de la celeridad, del lugar, lo cual todo parece que depende de aquélla. Lo que tenemos a la mano es posible explorarlo de cualquier modo y de tiempo en tiempo y con diversos sensorios, si son comunes, y conocerlo próximamente con mayor certeza. Pero aquéllas ¿quién puede?