—Pues bien, sí—respondió con una franqueza desconcertante—. Parece que le escandaliza lo que le digo.

—¿Se asombra usted de que me escandalice la disipación?

—¿Por qué no había de seguir mis inclinaciones? ¿Por qué he de renunciar a las mujeres, puesto que las amo? Eso es una ocupación.

Raskolnikoff se levantó. Sentíase a disgusto y se arrepentía de haber venido. Svidrigailoff le parecía el hombre más depravado del mundo.

—¡Eh! Quédese usted un momento; que le traigan te. Vamos, siéntese. Le contaré alguna cosa. ¿Quiere que le refiera cómo una mujer emprendió la tarea de convertirme? Esto será una respuesta a su primera pregunta, puesto que se trata de la hermana de usted. ¿Puedo contarlo? Mataremos el tiempo.

—Sea; mas espero que usted...

—No tenga usted miedo. Aun siendo un hombre tan vicioso, Advocia Romanovna no puede inspirarme más que profunda estimación. Creo haberla comprendido, y de ello me enorgullezco. Pero, ¿sabe usted que cuando no se conoce a las personas se corre el riesgo de engañarse? Pues eso es lo que me ha pasado con su hermana de usted. ¡Lléveme el diablo! ¿por qué es tan hermosa? Yo no tengo la culpa. En una palabra, esto empezó por un capricho de libertino. Es preciso decirle a usted que Marfa Petrovna me concedía cierta libertad con las campesinas. Acababa de venir a nuestra casa, procedente de una aldea vecina, una muchacha, como camarera, llamada Paratcha. Era muy linda, pero tonta de capirote: sus lágrimas y sus gritos, que alborotaban toda la casa, ocasionaron un escándalo. Cierto día, después de comer, Advocia Romanovna me llamó aparte, y mirándome con ojos relampagueantes, exigió de mí que dejase en paz a la pobre Paratcha. Quizá fué la primera vez que hablamos a solas. Es claro, me apresuré a deferir a su demanda. Traté de parecer conmovido y turbado; en una palabra, representé mi papel a conciencia. A partir de este momento tuvimos conferencias secretas, en las cuales me predicaba moral, me suplicaba con las lágrimas en los ojos que cambiase de vida, ¡sí, con las lágrimas en los ojos! Vea usted hasta dónde llega en algunas jóvenes, la pasión por la propaganda. Por supuesto, yo imputaba todos mis errores al destino; me consideraba como un hombre privado de luz, y, finalmente, puse en práctica un medio que no falla jamás con las mujeres: la adulación. Espero que no se incomodará usted porque le diga que Advocia Romanovna no fué en un principio insensible a los elogios que yo la prodigaba. Por desgracia, eché a perder todo el negocio por mi impaciencia y por mi necedad. Al hablar con ella hubiera debido moderar el brillo de mis ojos. Su llama le inquietó, y acabó por parecerle odiosa. Sin entrar en detalles, bastará con que le diga a usted, que hubo entre nosotros un rompimiento. Después hice nuevas tonterías. Me extendí en groseros sarcasmos a propósito de las misioneras; Paratcha entró de nuevo en escena y fué seguida de otras muchas. ¡Oh, si hubiese usted visto entonces, Rodión Romanovitch, qué relámpagos lanzaban los ojos de su hermana! Le aseguro que hasta en sueños me perseguían sus miradas. Llegué a no poder soportar el ruido de sus ropas y temí un ataque de epilepsia. Era de todo punto preciso que me reconciliase con Advocia Romanovna, y la reconciliación era imposible. Imagínese usted lo que hice entonces. ¡A qué grado de estupidez puede llegar el hombre despechado! No emprenda usted nada en ese estado, Rodión Romanovitch. Pensando que Advocia Romanovna era una mendiga (perdón, no quería decir eso; pero la palabra importa poco), que, en fin, vivía de su trabajo y que tenía a su cargo a su madre y a usted (¡ah, caramba! ¡vuelve usted a fruncir el entrecejo!), me decidí a ofrecerle toda mi fortuna (podía reunir entonces 30.000 rublos), y a proponerla que huyese conmigo a San Petersburgo. Una vez aquí por supuesto, la habría jurado amor eterno, etc., etcétera. ¿Querrá usted creerlo? De tal modo estaba enamorado de ella en esta época, que si su hermana de usted me hubiese dicho: «Asesina o envenena a Marfa Petrovna, y cásate conmigo», lo hubiera hecho sin vacilar. Pero todo acabó por la catástrofe que usted ya conoce, y no se puede imaginar cómo me irritaría el saber que mi mujer había negociado el matrimonio entre Advocia Romanovna y ese embrollón de Ludjin; porque, bien mirado, tanto hubiera valido para su hermana de usted aceptar mis ofrecimientos, como dar su mano a un hombre como ése. ¿No es verdad? ¿No es verdad? Advierto que me escucha usted con mucha atención... interesante joven...

Svidrigailoff dió un violento puñetazo sobre la mesa. Estaba sofocado, y aunque apenas había bebido dos vasos de Champagne, empezaba a dar señales de embriaguez. Raskolnikoff lo advirtió y resolvió aprovecharse de esta circunstancia para descubrir las intenciones de aquel a quien consideraba como su más peligroso enemigo.

—Pues bien, después de esto, no tengo la menor duda de que usted ha venido aquí por mi hermana—declaró el joven con tanto más atrevimiento, cuanto que quería llevar a su interlocutor a los últimos extremos.

Svidrigailoff trató de borrar el efecto producido por sus palabras.