—¡Eh, deje usted! ¿No le he dicho... que su hermana no puede sufrirme?

—Estoy persuadido; pero no se trata de eso.

—¿Está usted persuadido de que ella no puede sufrirme?—replicó Svidrigailoff guiñando los ojos y sonriéndose con aire burlón—. Dice usted bien, no me ama. Pero no responda usted jamás de lo que pasa entre un marido y su mujer o entre dos amantes. Hay siempre un rinconcillo que queda oculto para todo el mundo y sólo es conocido de los interesados. ¿Se atrevería usted a afirmar que Advocia Romanovna me miraba con repugnancia?

—Ciertas palabras de su relato me prueban que todavía tiene usted infames propósitos acerca de Dunia y que se propone ejecutarlos lo más pronto posible.

—¿Cómo han podido escapárseme tales palabras?—dijo Svidrigailoff poniéndose de repente muy inquieto; pero sin molestarse en lo más mínimo por el epíteto con que se calificaban sus propósitos.

—Pero en este momento mismo se manifiestan los pensamientos ocultos de usted. ¿Por qué tiene miedo? ¿De qué nace ese súbito temor que demuestra?

—¿Yo, miedo? ¿Miedo de usted? ¡Vamos, hombre! Usted sí, amigo, que debe tener miedo... Por lo demás, estoy borracho, ya lo veo; un poco más, y hubiera cometido una tontería. ¡Váyase al diablo el vino! ¡mozo, agua!

Tomó la botella de Champagne, y sin andarse con miramientos la tiró por la ventana. Felipe trajo agua.

—Todo esto es absurdo—dijo Svidrigailoff humedeciendo una toalla y pasándosela por la cara—. Yo puedo, con una palabra, reducir a nada todas las sospechas de usted. ¿Sabe usted que voy a casarme?

—Ya me lo había dicho usted.