—¿Que se lo he dicho? pues me había olvidado; pero, de todas maneras, cuando le anuncié mi próximo matrimonio, podía hablar de él en forma dubitativa, pues aun no había nada de cierto. Ahora es cosa hecha, y si en este momento no tuviese que hacer, le conduciría a casa de mi futura. Me gustaría saber si usted aprueba mi decisión. ¡Ah, caramba, no cuento más que con diez minutos! Sin embargo, quiero contarle la historia de mi matrimonio; es bastante curiosa. Bueno... ¿Quiere usted irse aún?
—No, ahora no le dejo a usted.
—¿No? Pues adelante, ya lo veremos. Sin duda, yo le enseñaré a usted mi futura; pero no ahora, porque tenemos que separarnos muy pronto. Usted va por la izquierda y yo por la derecha. ¿Ha oído usted hablar de cierta señora Reslich, en cuya casa estoy actualmente de pupilo? Pues ella es quien cuida de todo. «Tú te aburres—me decía—, y esto será para ti una distracción momentánea.» Yo soy, en efecto, un hombre melancólico y huraño. ¿Usted cree que soy alegre? Desengáñese, yo tengo el humor sombrío, pero no hago mal a nadie. Algunas veces me paso tres días seguidos en un rincón, sin hablar una palabra; por otra parte, esa bribona de Reslich tiene su plan; cuenta con que me disgustaré pronto con mi mujer, que la echaré de mi lado y que ella la lanzará a la circulación. Sé, por ella, que el padre, antiguo funcionario, está enfermo. Desde hace tres años no puede valerse de las piernas y no deja la butaca. La madre es una señora muy inteligente; el hijo está empleado en provincias y no ayuda lo más mínimo a sus padres; la hija mayor está casada y no da señales de vida. Esta pobre gente tiene que mantener a dos sobrinas de corta edad. La hija menor ha sido retirada del colegio antes de haber acabado sus estudios; cumplirá diez y seis años antes de un mes, y ésta es la que me destinan... Provisto de estos datos, me presento a los padres como un propietario viudo, de buena familia, que está bien relacionado, y que además tiene buena fortuna. Mis cincuenta años no suscitan la más ligera objeción. Había que verme hablando con el papá y la mamá. ¡Fué aquello lo más divertido! Llega la muchacha, vestida con traje corto, y me saluda, poniéndose del color de la amapola (sin duda había aprendido la lección). No conozco el gusto de usted en punto a rostros femeninos, mas para mí, esos diez y seis años, esos ojos todavía infantiles, esa timidez, esas lagrimitas púdicas, todo ello tiene más encanto que la belleza; por otra parte, la muchacha es muy linda, con sus cabellos claros, sus ricitos caprichosos, sus labios purpurinos y ligeramente gruesos, unos senos nacientes... Hemos entablado conocimiento. Dije que asuntos de familia me obligaban a apresurar mi matrimonio, y al día siguiente, es decir, anteayer, éramos prometidos. Desde entonces, cuando voy a verla, la tengo sentada sobre mis rodillas durante todo el tiempo que dura mi visita y a cada minuto la beso. La chiquilla se pone como la grana, pero se deja querer. Su mamá le ha dado, sin duda, a entender que un futuro esposo puede permitirse estas libertades. De esta manera comprendidos los derechos de prometido, no son menos agradables que los de marido. Puede decirse que la naturaleza y la verdad hablan por boca de esta niña. He conversado dos veces con ella; la chiquilla no es tonta del todo; tiene una manera de mirarme disimuladamente, que incendia todo mi ser... Su fisonomía se parece mucho a la de la Virgen Sixtina. ¿Ha reparado usted en la expresión fantástica que Rafael supo dar a esa cabeza de Virgen? Pues algo semejante hay en el rostro de la joven. Desde el día siguiente de nuestros esponsales, la he llevado a mi futura regalos por valor de 1.500 rublos: diamantes, perlas, un neceser de toilette de plata; la carita de la madonna resplandecía. Ayer no me privé de sentarla sobre mis rodillas, y vi en sus ojos lágrimas que trataba de ocultar. Nos dejaron solos. Entonces me echó un brazo al cuello, y besándome, me juró que sería para mí una esposa buena, obediente y fiel; que me haría feliz, que me consagraría todos los instantes de su vida y que, en cambio, no quería de mí más que mi cariño, nada más: «No tengo necesidad de regalos», me ha dicho. Oír a un ángel de diez y seis años, con las mejillas coloreadas de un pudor virginal, que le hace a usted esta declaración con lágrimas de entusiasmo en los ojos... Esto es delicioso. ¡Ah, sí! le llevaré a casa de mi prometida; pero no puedo enseñársela a usted en seguida.
—¿De modo que esa monstruosa diferencia de edad aguijonea la sensibilidad de usted? ¿Es posible que piense seriamente en contraer semejante matrimonio?
—¡Qué austero moralista!—dijo burlándose Svidrigailoff—. ¡Dónde va a anidar la virtud! ¡Ja, ja, ja! ¿Sabe usted que me hacen mucha gracia sus exclamaciones de indignación?
Llamó a Felipe, pagó lo que había tomado y se levantó.
—Siento mucho—continuó—no poder detenerme más tiempo con usted; pero ya volveremos a vernos... Tenga usted un poco de paciencia.
Salió del traktir. Raskolnikoff le siguió. La embriaguez de Svidrigailoff se disipaba a ojos vistas. Fruncía el ceño y parecía muy preocupado, como hombre que está en vísperas de emprender una cosa muy importante. Desde hacía algunos instantes se revelaba en sus movimientos cierta impaciencia, mientras que su lenguaje se hacía cáustico y agresivo. Todo ello parecía justificar una vez más las aprensiones de Raskolnikoff, el cual resolvió seguir los pasos del extraño personaje.
Cuando estuvieron en la calle, Svidrigailoff dijo:
—Aquí nos separamos. Usted se va por la derecha y yo por la izquierda, o al contrario. Adiós, amigo mío, hasta la vista.