[CAPITULO IV.]

Los Conventos—Llegada de Colon á el de la Rávila—Opinion de algunos autores—Colon en la Corte—Exámen de su proyecto—Su rechazo—Nuevas tentativas—Proyecto de marcha—Carta del Rey de Francia—Aceptacion de su proyecto en principio—Inconvenientes en la práctica—Aceptacion definitiva del proyecto.

En aquellos tiempos de miseria y de barbarie, tropezábase frecuentemente en España y en Italia con altos muros entre los cuales se incrustaba iglesia gótica y en el interior de ese recinto hallabase almacenada la abundancia y refugiada la ilustracion, por lo general teológica, casuítica, fanática, pero á veces en una celda apartada, como un punto luminoso, se escondia bajo el hábito del fraile, un sabio ó un artista, único principio vital del porvenir, única chispa que algun dia restituyese al mundo los resplandores de la luz.

Allí se absorbia el sudor de los labradores y de los artesanos distribuyéndose en cambio á los vagamundos, algunos bocados de sopa, ostentacion de caridad calculada para que se redoblasen las limosnas.

A la puerta de uno de estos edificios del Monasterio de la Rávila, á corta distancia del puerto de Palos, un dia canicular en 1484 detúvose un peregrino que conducia un niño de la mano. Ni el polvo que cubria su pobre ropaje, ni la fatiga retratada en su semblante, ni el dolor que se reflejaba en sus ojos, disminuian la nobleza de su porte,—¿Que buscaba ese hombre?—¿Era acaso un mendigo?—No pedia sinó un poco de sombra para reposar y un mendrugo de pan para el niño.

Habia en ese Convento una luz y con ella se descubrió lo que buscaba ese viajero en su afanosa peregrinacion; Fray Juan Perez de Marchena era uno de esos seres refugiados en el Convento, que vestia el hábito del fraile pero que conservaba el corazon y la inteligencia libres del fanatismo. Ver al forastero y adivinar en él todo un drama interesante, fué la concepcion feliz de un momento; sin duda pensó que tambien el Dante, algun tiempo hacia, habia buscado igual refugio en Italia.

El peregrino y el fraile se miraron, se explicaron, se comprendieron.

Ese humilde viajero que hallaba asi hospitalidad y apoyo, era Cristóbal Colon y el niño, su hijo Diego.

Algunos historiadores modernos han querido desconocer este poético episodio, pretendiendo que Colon desembarcó en el puerto de Santa María y que fué hospedado en el Palacio del Duque de Medina-Celi, refiriéndose á un documento que no citan ni describen. Tal documento no puede ser otro que el que se refiere á las relaciones que tuvo con dicho Duque mucho despues de su llegada á España, como mas adelante lo veremos. Por otra parte no es verosímil que habiendo salido Colon de Lisboa furtivamente, despreciado por la Corte, sin influencia ni valimiento alguno, desembarcase en España con el prestigio necesario para hacerse abrir las puertas del Palacio del orgulloso Duque y encontrarlo dispuesto á servirlo.