Todo en el reinado de Doña Isabel debia ser obra de la casualidad; Cristóbal Colon rechazado por el Monarca de Portugal por importuno, venia á España como vagabundo y como vagabundo llama á las puertas del monasterio de la Rávila donde halla un hombre que lo socorre y lo comprende, se encarga de la educacion del hijo, lo mune de recomendaciones y lo dirige á la Corte.

Entre las recomendaciones que llevaba Colon habia una para aquel Fray Fernando de Talavera, confesor de la Reyna, de que hemos hablado ya y no podia ser mejor dirigido el pretendiente que á un hombre que hacia arrodillar á sus plantas á Isabel para oir su confesion y darle sus consejos.

Hallábase la Corte en Córdoba y toda la atencion era absorvida por los cuidados de la guerra contra los Moros de Granada.

El confesor de la Reyna apenas respondió con seca urbanidad á la recomendacion que se le hacia del marino; ignorante y tan fanático como de cortos alcances, no le sirvió como pudo haberle servido.

Pero Colon estaba ya en camino y supo captarse la amistad de otras personas influyentes, entre ellas á Gheraldoni nuncio del Papa, y á su hermano Alejandro, preceptor de los hijos de los Monarcas y por intermedio de estos obtuvo una audiencia del Cardenal Mendoza que tanto valimiento tenia en la Corte que era llamado la tercer potencia. Mendoza debia ser hombre instruido, al menos de elevado espíritu, pues escuchó á Colon con atencion, lo exortó á perseverar en sus planes y obtuvo éste por su intermedio una audiencia de los Reyes.

Colon era elocuente; conocia que para convencer y persuadir es menester hacer vibrar las fibras mas sensibles del corazon de su auditorio y halagar sus creencias y aun sus preocupaciones. Así pues, á los soberanos de Castilla les habló de la gloria de extender sus dominios; excitóles la avaricia con el acrecentamiento de un comercio riquísimo; pero en lo que insistió mas y con acento profético, fué en el triunfo de la fé cristiana, en la conversion de millares de idólatras y aun en el rescate del Santo Sepulcro. Es probable que Colon creyese en mucho de lo que decia, pero no hay duda que exageraba su fé y su ortodoxismo para persuadir. Su larga permanencia en Portugal le habia hecho adquirir una pronunciacion y un acento mas semejante al castellano y su trato con españoles, aun ántes de llegar á España, le permitia expresarse en ese idioma con bastante claridad y elegancia. La impresion causada en el ánimo de los Reyes fué favorable, sobre todo en Doña Isabel que era mas ambiciosa y mas accesible al entusiasmo.

Pero el proyecto de Colon rozaba con puntos de la fé y dado el fanatismo de los Reyes, no podia ser aceptado sin someterlo al exámen de peritos.—Pero—¿Que peritos podrian ser en esta materia teólogos y frailes? Compuesto este tribunal de esta manera y presidido por el confesor de la Reyna fácil es comprender que el proyecto de Colon era de antemano condenado.

Admitido á exponer y defender su idea ante el areópago ortodóxo presentósele otra ocasion de lucir su elocuencia. Esta vez expuso todas las teorías de Tolomeo y Toscanelli, para demostrar la practicabilidad del viaje y no poco le sirvió su erudicion en la Biblia para ayudarse á conciliar sus errores con los nuevos errores que profesaba. Había esta diferencia grandísima entre unos y otros errores; que los teológicos cerraban la puerta á todo descubrimiento; inmovilizaban, aletargaban, envenenaban la vida como las emanaciones de un lago sin corriente, miéntras que los errores de la ciencia impulsaban al progreso, admitian nuevas hipótesis, se encadenaban con las verdades del porvenir. Era una lucha titánica y sosteniéndola Colon era ya tan grande y tan digno de la posteridad, como si hubiese realizado ya su descubrimiento.

Pasaban los meses y los años y el Consejo no expedía su dictámen. Entre tanto Colon abria su alma á dulces sentimientos y consuelos. Había trabado relacion con una noble y hermosa dama llamada Beatriz como aquella que inspiró al Dante y fruto de estos amores fué Don Fernando, que mas tarde hizose estimar por sus méritos y fué el primer historiador de las hazañas de su padre. Al fin en 1491, redoblando Colon sus instancias, obtuvo que el Consejo se expidiese, pero éste fallo le fué completamente adverso.

Al recibir esta noticia, experimentó tanta amargura que, á no ser los vínculos que lo unian ya á España, la hubiera abandonado como abandonó á Lisboa.