Tentativas infructuosas con algunos grandes personajes, entre ellos el Duque de Medina-Celi, lo detuvieron todavía, pero al recibir una carta del Rey de Francia que lo llamaba, resolvió partirse. Como recordará el lector, su hermano Bartolomé gestionaba en Inglaterra la admision de sus proyectos y regresando con éxito ó sin éxito, había instruido de ellos tambien al Monarca Francés que los aceptó con entusiasmo.

Partióse pues Colon desandando aquel camino de Córdoba á la Rávila que había ántes emprendido tan lleno de esperanzas. Aquellos para quienes la vida no ha sido una contínua lucha, que no saben lo que es una esperanza salvadora que se desvanece, que no han contado con un recurso único que se pierde, aquellos que no han ido á la ilusion y vuelto al descanto por el mismo trayecto, no podrán hacerse una idea de los tristes pensamientos que asaltarían la mente de Colon.

Por segunda vez llamó á las puertas del convento de la Rávila y por segunda vez Fray Juan Perez reanimó las esperanzas del marino. Consiguió que detuviese su viaje á Francia, envió á pedir una audiencia á la Reyna, de quien habia sido confesor, y una vez obtenida, marchóse á la Corte sin detenerse y aun sin esperar el dia para ponerse en marcha.

Como en todos estos sucesos había algo de providencial, la carta del Monarca Francés, vino oportunamente y fué sin duda el gran argumento que empleó el de la Rávila para convencer á la Reyna.

El Portugal era odiado por los Reyes y Pueblo Español, pero la Francia era mirada con recelo y emulacion, sin duda desde las guerras de Aragon y de Italia en que Franceses y Españoles se disputaban el mas rico giron de aquellos paises. Así fué que pensar en que la Francia acogería á Colon y podría gozar la gloria de su empresa, despertó los celos de Doña Isabel. Se ordenó que Colon regresase dándosele seguridad de que sería atendido y adelantándosele veinte mil maravedies para sus gastos.

Llegó esta vez á la Corte nuestro héroe lujosamente vestido y con aire de triunfo y hallándose los Reyes entónces frente á los muros de Granada, allí se dirigió, llegando en el oportuno momento de ser tomada la ciudad y estarse celebrando alegremente la victoria decisiva contra los Sarracenos.

Allí tuvo la satisfaccion de ver al fin de tantas peripecias aceptado, al menos en principio, la proposicion de su descubrimiento.

Delegó la Reyna en varias personas el encargo de tratar las bases y formalizar el compromiso y otra vez Fray Fernando Talavera debia presidir el Consejo. Había éste ascendido á arzobispo de la recien reconquistada Granada, redoblado su influencia pero tambien su terquedad y su fanatismo. Entre Talavera y Colon existia una antipatia bien manifiesta y cuando oyó aquél que éste exigia ser nombrado Almirante y Virrey de las tierras que descubriese, asi como la décima parte de los productos, no pudo contenerse y exclamó: que no era mal arreglo el asegurar dignidades y riquezas sin exponerse á pérdidas. A esto contestó Colon que se comprometia á cargar con la octava parte del costo de la expedicion, obteniendo la octava parte de los beneficios.

La Reyna que en este negocio era siempre de la opinion de su confesor, no se opuso al dictámen otra vez adverso á Colon, y este, ya en el año de 1492, partióse de la nueva ciudad de Santa-Fé para dirigirse á Francia como ya lo habia ántes pensado.

Tenía proposiciones ventajosas del Rey de Francia y por esta razon no cedia de sus pretensiones; esto estaba previsto por él, como lo hemos dicho ántes, esto es: si sus ofertas eran acogidas por dos soberanos, aceptaría la mejor proposicion. No hay duda que prefería servir á la España porqué en ella tenía ya vínculos y afecciones, pero no eran tan poderosas que le impidiesen ir á buscar mejores condiciones.