Él va siguiendo, y ella huye como

quien siente al pecho el odioso plomo.[231]160

Mas a la fin los brazos le crecían,

y en sendos ramos vueltos se mostraban,

y los cabellos, que vencer solían

al oro fino, en hojas se tornaban;

en torcidas raíces se estendían165

los blancos pies, y en tierra se hincaban.

Llora el amante, y busca el ser primero,

besando y abrazando aquel madero.