[48] Títiro: divinidad campestre de la alegre corte de Baco. Los poetas bucólicos usaban este nombre como sinónimo de pastor. El mantuano títiro, llamado más comúnmente el cisne de Mantua, es el poeta latino Virgilio.

[49] «Esto de mirarse en el mar —dice el Brocense—, primero lo dijo Teócrito, y de allí lo tomó Virgilio, y luego los demás. Y con todo eso dicen que es yerro decirlo, porque en el mar ni en aguas corrientes no se puede ver la figura.» Salicio no mentía; Herrera lo defiende con ejemplos clásicos; pero mejor testimonio es el de la experiencia: puede verse la figura en cualquier remanso de agua corriente.

[50] cierto, con valor adverbial, por ciertamente, como dulce por dulcemente, [Eg. II, v. 1100]; inmenso por inmensamente: «Las grandes virtudes inmenso le aplacen.» (Juan de Mena, Las Trescientas, copla CCXIII.)

[51] Esta ingenua declaración de Salicio no estaba mal vista en los pastores de églogas; pruébanlo los ejemplos de Herrera, pág. 246; no obstante, el ingenioso Lope, que en multitud de ocasiones recordó a Garcilaso, parodió este pasaje en su Gatomaquia: «Pues no soy yo tan feo, — Que ayer me vi, mas no como veo, — En un caldero de agua, que de un pozo — Sacó para regar mi casa un mozo, — Y dije: “¿Esto desprecia Zapaquilda? — Oh celos, oh impiedad, oh amor, reñilda.”»

[52] Estremo es la Extremadura, así dicha, según Mariana, por haber sido mucho tiempo frontera, y lo extremo y postrero que por aquella parte poseían los cristianos.

[53] «Las tristes lágrimas mías — En piedras hacen señal — Y en vos nunca por mi mal.» Canción antigua de la cual no cita Herrera, pág. 428, más que estos versos.

[54] No volviendo siguiera los ojos a los desgraciados a quienes tú hiciste derramar lágrimas. Esto se lee de una manera muy diferente en los textos de Tamayo, Azara y Castro.

[55] un espesura. La elisión de la a ha sido lícita ante vocal, aun fuera de los casos indicados en la nota al verso 46; escritores en prosa, poco anteriores a Garcilaso, usaban también, con los poetas, de esta licencia; Micer Gonzalo de Santa María en Evangelios e Epistolas (1485), reedición de Upsala, 1908, escribía un statua, 78-3; un estrella, 281-12.

[56] He enmendado el verso de Herrera que, sin duda, por error de imprenta dice así: Al que todo mi bien quitarme me puede.

[57] Filomena es el ruiseñor; tiene una trágica leyenda. Un viejo rey de Atenas, Pandión, tenía dos hijas bellísimas, y Tereo, rey de Tracia, casó con una de ellas, con Procné. Cierto día Procné quiso ver a su hermana Filomena, y el rey Tereo marchó a Atenas para traer a sus palacios a la princesa, su cuñada. A la vista de la joven ardió Tereo en ciega pasión; durante el viaje le descubrió sus torpes deseos, y al llegar a una selva triunfó de su virginidad. Vuelta en sí Filomena, juró al cielo venganza. «Yo misma —dijo a Tereo— he de arrostrar la vergüenza para publicar tu delito: he de descubrirlo al universo entero.» El feroz tirano, en su ira, para que no le delatase, le cortó la lengua y la dejó presa en cárcel de rocas. Filomena bordó en una tela la historia de su desgracia, y con una criada la envió a su hermana Procné, que la lloraba creyéndola muerta. Procné, secretamente, la sacó de su cárcel; sintió hacia su marido un odio mortal; ¿qué venganza podía ser la más cruel?... Sacrificó en sí misma su amor de madre; mató a Itis, su propio hijo; puso a hervir una parte de él en vasijas de cobre, y, en la comida, sirvió a su esposo aquel manjar. Pregunta el padre: «¿Dónde está Itis?» Procné contesta: «Está contigo.» Y entonces Filomena se adelanta y arroja la lívida cabeza del niño al rostro de Tereo. Prorrumpe este en horrorosos lamentos; desnudando la espada corre tras de las hijas de Pandión; pero ellas, como si tuvieran alas, huyeron. Y en efecto, alas tenían: Filomena, transformada en ruiseñor, desapareció en una arboleda inmediata; Procné, hecha golondrina, aún tiene en su plumaje, como vestigios de su cruel asesinato, manchas de sangre. Tereo, sediento de venganza, fue convertido en abubilla, la de vistoso penacho y pico de dardo; hay quien dice que se transformó en gavilán; Itis, quedó en jilguero. (Ovidio, Metamórfosis, lib. VI, fáb. VI.) Ahora bien: el ruiseñor no es blanco, la blanca Filomena, por lo cual al Brocense le pareció mejor la blanda Filomena, y esta enmienda siguieron Azara, Castro y otros; también la defiende Tamayo (fol. 41-43), porque aquel ruiseñor blanco que presentaron, según dicen, a Agripina, mujer de Claudio, túvolo Plinio ya por maravilla; pero dice Herrera (pág. 429): «con licencia de ellos no hizo mal Garcilaso en dalle tal apuesto, porque el color blanco es purísimo y el más perfeto de los colores, y por traslación al ánimo se toma por sincero, y así blanca significa simple, sencilla, pura y piadosa...»