[338] Dice el poeta que consolaría su amargura volviendo a ver a su dama, ¡teniendo siquiera la esperanza de volverla a ver!; fuera de esto, solo aguarda consuelo en la muerte; mas tan desgraciado se considera, que cree que ni la misma muerte le ha de hacer la misericordia de llevárselo —tan pronto como quisiera él—. Este mismo pensamiento puso Fernando de Cangas en una copla citada por Herrera en sus Anotaciones: «Y si es remedio a mi pena — Morir por causa tan buena — Yo sé que no moriré; — Porque no mereceré — Gozar de gloria tan llena.» El ilustre Azara dice que Garcilaso puso en los seis últimos versos de este soneto «una antítesis ridícula, esto es: que morirá si ve o no ve a su dama.» No es cierto: el poeta no dice que morirá si ve a su dama; todo lo contrario.

[339] Tras de la tempestad viene la calma. «Con lluvia y noche scura — Si el cielo se escurece, él se serena. — No si falta ventura — Agora ha de durar siempre la pena.» Horacio. (V. Brocense, nota 5.)

[340] Las amarguras de la ausencia inspiraron a Garcilaso, además del presente soneto, los núms. [III], [IX], [XIX], [XX] y [XXXVI]. Del presente y del [IX] sospechó Tamayo, fols. 7 y 8, que debieron ser escritos en la isla del Danubio, donde el poeta estuvo desterrado. Esto mismo puede sospecharse del núm. [XI].

[341] En este pasaje y en la [Canc. IV, v. 6], da Garcilaso a la frase traer por los cabellos un valor distinto de su uso corriente. Dice traer por los cabellos de la violencia con que es aportado al discurso algún argumento, autoridad o consecuencia: «puesto que los refranes son sentencias breves (dijo Don Quijote a Sancho), muchas veces los traes tan por los cabellos que más parecen disparates que sentencias»; pero Garcilaso no se refiere al discurso, sino a la violencia moral de ser una persona arrastrada involuntariamente a una determinada acción. Tornado, vuelto, era ya para Herrera voz envejecida y desusada.

[342] Conocer lo mejor y, sin embargo, seguir lo peor es dejar triunfar la pasión sobre el pensamiento, el apetito sobre la voluntad, y esto es tan humano y tan frecuente, que se encontrará repetido en muchos poetas; Herrera cita ejemplos de Ovidio, Petrarca, Chariteo, Salvago, Rebeiro y Hurtado de Mendoza.

[343] Empleamos hoy quien, quienes, cuando el relativo se refiere a persona o cosa personificada; pero el uso antiguo lo empleaba también algunas veces como relativo de cosa: «Quiérote contar las maravillas que este transparente alcázar solapa, de quien yo soy el alcaide...» (Cervantes.) Por ligero tinte de personificación que a una cosa se atribuya, como en este verso ocurre con inclinación, cabe el uso de quien, según se puede ver en Rioja, Ercilla, Jovellanos, Alcalá Galiano, etc. (V. Andrés Bello, Obras completas, tomo IV, Madrid, 1903, págs, 179-182.)

[344] El pensamiento de este soneto es muy común entre los poetas. El amante libre de pasados amores y de sus amarguras, jura no volver por tales pasos; pero se le ofrece una nueva ocasión, un amor que no es como los otros ni está en su mano poderse valer contra él, y el poeta rinde su corazón una vez más.

[345] Esta antigua costumbre, de la cual hablan Virgilio, Horacio, Tasso y otros muchos poetas, no se ha perdido aun entre los marineros, y particularmente la conservan los pescadores.

[346] Como, no me parece aquí correlativo de tal, leo así: «Yo, como vano e incauto había jurado nunca más meterme, etc...»

[347] al camino por en el camino; este uso de al se conserva aún como provincialismo: «Ricardo no estuvo al baile; le encontré al arco del Alcázar.» (Ávila.)