CAPÍTULO X
La nieta de la gitana.— Proyecto matrimonial.— El alguacil.— El ataque.— Trote largo.— Llegada a Trujillo.— Noche de lluvia.— La selva.— El vivac.— ¡Levántate y anda!— Jaraicejo.— El Nacional.— El caballero Balmerson.— Entre jarales.— Una conversación seria.— ¿Qué es la verdad?— Noticia inesperada.
Tres días estuvimos en casa de las gitanas. Todas las mañanas, muy temprano, Antonio se marchaba, montado en el macho, y volvía ya muy entrada la noche. La casa era grande y estaba ruinosa; la única parte habitable, además de la cuadra, era aquella especie de zaguán donde cenamos, y en el que dormían las gitanas, en unos felpudos y colchonetas puestos en un rincón. Una mañana, cuando Antonio ensillaba el macho y se disponía a partir, supuse yo, por los negocios de Egipto, le dije:
—Esta casa es muy extraña, y no lo es menos la gente que vive en ella. La gitana abuela tiene todo el aspecto de una sowanee[96].
—¿Cómo el aspecto?—exclamó Antonio—. ¿Pues acaso no lo es? Más cosas ocultas y más palabras misteriosas sabe que todo el Errate de aquí y de Cataluña. Ha vivido en tierra de moros, y sabe hacer más draos[97], venenos y filtros que ninguna persona viviente. Una vez hizo una especie de pasta, y me convenció de que la probara; poco después sentí como si el alma se me separase del cuerpo, y estuve una noche entera vagando por montes y selvas horribles, entre monstruos y duendes. En la tierra de los corahai aprendió muchas cosas que ya quisiera yo saber.
—¿Hace mucho tiempo que la conoces? Estás en esta casa como en la tuya.
—¿Que si la conozco? Mi hermano se casó con la hija, la Callí negra, de quien tuvo esa chabí hace diez y seis años, poco antes de ser ahorcado por los busné.
Por la tarde, hallándome sentado en el zaguán con la gitana vieja, mientras las dos Callees andaban por la ciudad y sus cercanías diciendo la buenaventura, su principal ocupación, me dijo la vieja:
—¿Estás casado, mi caloró de Londres? ¿Eres un ro?
Yo.—¿Por qué me lo preguntas, o Dai de los Calés?[98].